lunes, 29 de abril de 2013

La zona 5 de un escribiente

Texto de Facundo (JSC, 1965)

Se ha dicho que las zonas de la ciudad de Guatemala son como celdas desordenadas, un caótico sistema en el que los números no le cuadran al que aprendió a contar de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres… Sin embargo, si nos ponemos de pie delante de un mapa de esta ciudad sobre la cual llueven las balas todos los días con sus noches, podremos partir de la zona 1 en un viaje en que las zonas se extenderán en una espiral que, por la fuerza centrífuga que produce la procreación entre sus habitantes, se ha extendido más allá de lo que algunos quisieran, aunque a otros todavía les quede demasiado chica. A mí no. A mí me basta y sobra.
Las primeras memorias de mi vida en la zona 5 se sitúan en una casa del barrio La Palmita. Mi madre trabajaba para la Universidad Popular. Impartía clases de corte y confección y enseñaba a hacer juguetes de trapo (payasos, caballitos, muñecas) a mujeres adultas en el Jardín de Niños Natalia Gorriz de Morales, que durante las mañanas, por supuesto, estaba lleno de incansables párvulos.
Cierta noche lluviosa de 1969, mi madre tuvo que dejarme solo en casa. No había nadie que pudiese cuidarme. La casa era húmeda, pequeña; yo la veía como un terrible laberinto oscuro, una mazmorra. Mi madre se encargó de que me durmiera antes de partir a dar clases. Cuando volvió, me encontró empapado pero aún dormido. Sobre el lugar en el cual estaba la cama en la que mi mamá me había acostado, en el techo de lámina, había un agujero del cual caía una gota que poco a poco me mojaba, y yo, sin advertirlo, totalmente enfundado en mis sueños, me encontraba en un colchón húmedo cuando mi madre volvió de trabajar, dos horas después.
Fue en esa misma casa cuando, en julio de 1969, vi a Neil Armstrong descender sobre la superficie de la Luna. Fue la época de mis viajes con mi tío Augusto a la costa del sur de Guatemala, cuando me tomaron una memorable foto (aunque ya perdida) en la que me asomaba por encima de la carlinga de un avión agrícola. Supongo que fue ese el día en que nació mi amor por la aviación, que me llevó a consumar mis ilusiones y a hacerme piloto aviador privado en 1984.
Un año después, me convertí en el insoportable niño que era perseguido por don Cástulo, el guardián del Jardín de Niños Natalia Gorriz de Morales. El pobre hombre debía correr detrás de mí cada vez que me escapaba de la escuela y trataba de llegar a la nueva casa que se encontraba en la 23ª. avenida del barrio La Palmita. Era la casa que le alquilaban mis padres a doña Nela. Había salido finalmente de la mazmorra. Era una casona de dos plantas, en la que mi padre se convertía en licántropo cada vez que yo subía las gradas delante de él, con las luces apagadas, luego de lavarme los dientes en el lavabo del sanitario de la planta baja. Ese miedo nacía luego de mi irrefrenable deseo de ver Teatro de Terror por televisión, y contemplar y escuchar en aquella pantalla en blanco y negro las historias del monstruo de Frankenstein, y del hombre lobo y Drácula. Pero enfrente de esa casa vivía algo que me aterrorizaba más que los monstruos: era don Maco, quien con su jeringa se encargaba de inyectarme cada vez que enfermaba, lo cual, me parece, sucedía muy a menudo.
El parque Navidad, que se encuentra entre la Escuela Nacional para Niñas República de Líbano y el salón de actos del Jardín de Niños (ese que tenía en sus patios los enigmáticos caballos de cemento en los que cabalgaba a los cinco años) fue el testigo de la ocasión en que mi medio hermano, quince años mayor, me defendió de unos patojos que me dieron un puñetazo en el vientre.
Fue por aquella época cuando él, quien fue el primer baterista del conjunto Cuerpo y Alma –la banda de rock cuya historia se puede leer en el libro publicado por Marco Antonio Luna (el Gordo)–, estaba de novio con Magdalena, quien me obsequió otro juguete que influyó en mi manera de ver la aviación: cuatro biplanos de plástico.Recuerdo cierta tarde de uno de esos años que se encuentran escondidos en la escala de grises tonalidades de la memoria, cuando, apoyado en lo que creo era un lavamanos en El Escorpión, yo escuchaba uno de los ensayos de aquella banda que fue muy famosa en los años 1970.
De la escuela Natalia Gorriz de Morales fui enviado directamente a la educación primaria, ya que la directora recomendó que no cursara preparatoria. Era demasiado inquieto y me aburría, así que con seis años de edad me inscribieron en el primer grado de primaria. La señorita «Piano» quedó atrás, y Blanca Rut, cuyo apellido no recuerdo, fue la primera maestra de cuyo bello rostro me enamoré.
Pero la zona 5, y La Palmita, siguieron siendo mi pequeño mundo mientras crecía. En el cine Moderno, en San Pedrito, vi la película Terremoto (1974), poco antes de que el de 1976 ocurriera y yo viviera uno de verdad y no con el sistema Sensorround, que empleaba unas gigantescas bocinas que hacían temblar las butacas cada vez que en la pantalla veíamos los edificios derrumbarse. Y, aunque mis recuerdos son nebulosos, creo poder ver a una gaviota sabia, llamada Juan Salvador, posada en la playa, mientras mi madre, sentada junto a mí en el cine Olimpia, me explicaba lo que aparecía en la pantalla, lo cual debe haber sucedido en 1973 o 1974. Aunque, a decir verdad, en aquella época los estrenos no llegaban con la misma velocidad con que lo hacen ahora. Cuando el cine Latino no se había transformado en sala de pornografía ni en iglesia pentecostal, sus butacas me recibieron. En él vi, años después de su estreno, la película Tiburón. Ahora, ninguno de los tres funciona.
Doña Güichita me recibía con gusto cada vez que llegaba con la enorme cantidad de cinco centavos a comprarle una de aquellas sorpresas que tenían un arlequín en el envoltorio, y que encerraban tesoros que cubrían mi petate de juegos. Eran para mí los más valiosos, aunque eran puras fruslerías de plástico.
Mi madre, por su parte, pasaba a comprar carne a la marranería de don Tin y doña Irene. A don Cheyo nunca le comprábamos la leche, pero el claxon de su motoneta sonaba a lo largo de toda la cuadra, mientras se perdía en la distancia y se detenía en cada esquina a repartir su preciada carga. Yo, en cambio, iba a la abarrotería que se encontraba a un par de cuadras al sur, a buscar una botella de vidrio de leche Foremost.
Sin embargo, lo que más disfrutaba eran los chistes que compraba en la librería Chiquilladas. Las revistas de Editorial Novaro cambiaron varias veces de tamaño, pero seguían teniendo el mismo encanto. No me las perdía, y reuní una gran cantidad que guardaba celosamente en la parte inferior de una vieja mesa de noche, y las cuales leía una y otra vez. Fueron verdaderas fiestas las pocas ocasiones en que recibí una fabulosa revista Billiken.

Cuando sí eran jardines
En 1975, nos mudamos a Jardines de la Asunción Sur, una nueva colonia que era lo más recientemente construido en esos otrora campos que rodeaban al Mayan Golf, en La Chácara, y bosques de cipreses que tuvieron que ser tumbados para construir las nuevas, y para entonces modernas, casas de ladrillo y concreto, diseñadas con una técnica que nos salvaría la vida un año después. Lo que más me gustaba de aquella casa era el pasto delante y detrás. Una verdadera novedad, porque hasta entonces solamente había conocido el frío cemento, las baldosas y unas cuantas flores en macetas a las que apenas alumbraba el sol unos minutos cada día.
Cuando no existía aún el Novicentro (ahora Condominio Jardines del Sur), había en ese lugar una hondonada que en la época de lluvias se convertía en una laguna en la cual nos sumergíamos y de donde sacábamos los renacuajos que luego se transformarían en ranitas dentro de palanganas en nuestras casas. Meterme en el agua sucia me valió en más de una ocasión una buena cinchaceada por entrar cubierto de lodo en la casa. En esa época eran verdaderos «jardines», pues cada casa tenía su propia versión del paraíso en el frente (y nada de verjas ni rejas ni portones), y cuando las lluvias comenzaban, no era extraño hallarse con un gran sapo en el césped del frente.
Paseábamos en bicicleta por toda la colonia, que entonces no se había convertido en el laberinto de callejones sin salida que es ahora debido a todas las rejas que los temerosos vecinos han colocado, ni guardianes, ni personas que limitaran el paso de los viandantes.
En la parte de más reciente construcción de Jardines de la Asunción, en la diagonal 14 y la 20ª. calle, se encontraba un bosquecito de cipreses. Al otro lado se podía ver el mercado Asunción, que ahora está rodeado por la Unidad Periférica del IGSS, bodegas y otras casas que fueron edificadas luego del terremoto de 1976. En ese lugar se estacionaban las camionetas de la ruta 9, que llegaban por el puente La Asunción hasta la finca El Zapote.
Algo mejor que un parque prohibido
Jugábamos beisbol con los patojos de la cuadra en el «campito», como llamábamos al que ahora se ha convertido en un parque municipal «administrado» por un comité que ha reglamentado su uso de tal manera que solo falta que se prohíba entrar en él en absoluto, a menos que uno sea miembro de lo que muchos confunden ilusamente con un «condominio», pero que no es más que otra colonia. En ese sitio les di un par de patadas en el rostro a unos vecinos puertorriqueños que trataron de darme un escarmiento por llegar tarde a la reunión de la «pandilla». Desde entonces se reafirmó mi deseo de ser un solitario. El hijo mayor de los vecinos de enfrente fue la única persona que leyó el primer cuento que escribí, a los 12 años, y que dio inicio al hábito que me ayudó a mantenerme cuerdo en medio de la soledad de los hijos únicos.
Poco tiempo después, el gimnasio Zar' Doz tuvo sus inicios en el Novicentro, donde antes hubo una pista de patinaje, en el mismo piso donde se estableció la primera Pizza Hut de la zona 5, que no era tan glamorosa como la que ahora se encuentra en la 27ª. calle, cerca del Muñecón.
Fue en esa esquina, la que está ante la mirada del monumento al Trabajo, donde si no mal recuerdo hubo una sucursal de los helados San Gregorio (aunque mi memoria puede engañarme), y fue mientras caminaba una madrugada a dos cuadras de allí, desesperado porque el ruletero no pasaba, que tuve que correr en retirada cuando cuatro asaltantes armados con un revólver me persiguieron pasada la medianoche, hasta que entré en el restaurante Los Emilios, donde me dieron refugio hasta que un ruletero llegó, ya que en aquellos tiempos abría hasta muy tarde. Eso sucedió allá por 1985, cuando volvía de trabajar en el famoso hotel El Dorado (ahora Barceló).
Y podría seguir recordando muchas cosas más: los felices días gélidos de noviembre y diciembre, las agobiantes tardes calurosas de marzo, los juguetones días lluviosos de mayo, las tremendas tormentas eléctricas de antaño, y los rayos que, como sierras o cuchillos, partieron a dos cipreses en dos. Ambos árboles estaban muy cerca de mi casa, y en una de esas ocasiones yo veía fijamente el ciprés que, fulminado, se quemó delante de mis aterrorizados ojos.
Puedo decir que la zona 5 ha sido para mí un refugio entre el limbo de la antigüedad del centro que nunca cuaja y la violencia del futuro que empezó hace mucho tiempo, y que se encuentra en la periferia de esta ciudad que a muchos les resulta muy grande, a otros demasiado pequeña, pero que para mí es suficiente, porque es el lugar que me vio nacer y que, seguramente, me verá desaparecer también.

jueves, 11 de abril de 2013

Cualquier lugar menos en la zona 5.




Sé perderme en cualquier lugar menos en la zona cinco. Cuando me pedían un número de emergencia en el colegio para llamar por mis ataques de asma, siempre decía: Jardines de la Asunción, Zona cinco. Me preguntaban de nuevo por un número y yo contestaba lo mismo. Era lo único que conocía o lo único que me importaba conocer. Creo que realmente es lo único que conozco.
Soy de las hijas que siguen llamando a las tiendas con el apodo de la dueña, de las que lloraba por un helado en Rorro's y de las que se reía con los chistes sobre la mara five. Nunca supe de ellos pero siempre copiaba la risa de mi papá y sus amigos para sentirme mayor. Los de la cuadra de mi mamá se sentían como mis amigos, los del arco tres ya eran como familia. Los sábados de ceviche paseábamos por toda la zona cinco en un pickup y sentía como cuando jugábamos con mis primos con un carruaje manejando por los corredores en la casa. 
A pesar de que las calles no podían estar más agrietadas, seguíamos patinando. Tuve mis mejores raspones en esa zona. Aprendí cual era el mejor lugar para poner las "bases" para jugar Quick Ball, la primera llamada falsa que hice fue a mi vecina e investigar los hormigueros en las aceras siempre me alejó de las malas juntas. 
Toda mi infancia la viví en Jardines, en la doce calle. Mi casa quedaba enfrente de Don Saúl, ese don que dacían que siempre andaba armado y tenía en la terraza con un montón de jaulas con pájaros. Él nos llamaba cuando creía ver un ladrón y miraba por la ventanita de su puerta. Nunca vi si tenía cuerpo. Mi prima vivía a la par de don Saúl y mis otros primos vivía en el arco tres. Eramos nuestra versión de la Mara Five. Siempre quisimos encarnar en las historias de los grandes. Esta Mara se conformaba con tocar timbres, caminar hasta el Novicentro bajo el sol y salir a bicicletear siendo colados por un par de perros paranóicos. 
Regreso y el sentimiento es mutuo. La cuadra me extraña y yo la extraño a ella. A la zona cinco no se le regresa solamente para verle los encajes ya amarillos sino para retomar la conversación. Ella te habla, te da el tour y te enseña fotos de nuevo. Te quema olores para que te veas en los shorts de sábados por la mañana. La zona, la cuadra, la casa no le habla al turista, ella solo le agarra los cachetes con bienvenida a los conocidos. Esta zona, esta mujer es grande, regordeta con una peineta dorada para agarrar el poquito pelo que le queda. No importa cómo está vestida, uno solo mira el mantel que está poniendo en la mesa. Uno se sienta porque ya es hora de comer, descansa la cara en la mano y la mira contar de cuando eras patojo. Se puede notar la cara de enamorado, esa con risa de lado que uno pone al verla de nuevo.



Texto: Désirée Cordón. 

viernes, 28 de mayo de 2010

La lluvia ( de arena también) en la zona 5



Con la lluvia el tiempo pasa lento. Sea en el cementerio, en el bulevar o en los recuerdos de ese descampado que durante muchos años fue el Campo Marte... El tiempo pasa lento, incluso se detiene.

Es como escuchar un disco de Radiohead, te congela en ese pensamiento, en una etapa de la vida que te hace dar vueltas en círculos y te hace creer que estás en una espiral.



La zona 5 se disfruta más en invierno por que no hay tanta gente en las calles y la lluvia que obliga a abandonar el centro comercial Novicentro...

Ahora ya no se puede caminar por Los Arcos, la gente bien de la zona 5 norte, ellos fueron los únicos enrejaron sus colonias. Lo que pasa es que la alcaldesa no les da permiso de salir de sus casas, ella debe saber quien entra o sale.




Lo que pasa es que esta zona no es el sobre valorado centro histórico. No tiene grandes edificios, tampoco es una zona residencial en crecimiento económico como la 10 o la zona 15, tampoco es la opulenta zona 14, por eso no cambia. La zona 5 es una colección de suburbios que además tiene 3 asentamientos, La Limoda, la Chácara y Santo Domingo. El resto son colonias olvidadas en el siglo XX junto a sus habitantes... solo es un espacio de tierra comunicado por puentes que une a la zona 1 con las colonias de las clases medias altas de Guatemala.

Que otro cura ha hecho o dicho algo en Guatemala como el Padre Chemita... desde viajes a Tierra Santa, pasando por el turicentro Martitas, una postulación como alcalde con el metro en la ciudad, hasta un par de hijos regados que dicen que tiene y eso si, una escultura con su rostro en la iglesia Santo cura de Ars.

y un Un monumento al trabajo... un pobre asalariado que jamás descansa y que desnudo, saluda con el culo destapado a todo aquél que venga de la zona 16... “¡acá sigo trabajando, desnudo y sin descanso!” el trabajador modelo para el Cacif.

La zona 5 es una frontera, una tierra de nadie en donde puede pasar cualquier cosa. Ahora decorada con arena volcánica del Volcán Pacaya.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El Boulevard 14/Confesiones de un posible asesino

Ya hace mucho que no llego a la zona 5. Me gustaría caminar por el Boulevard de Jardines Sur a donde iba de adolescente a llorar sin lágrimas mientras me sentía tan solo, leyendo como un demente libros de Flaubert y poemas de Apollinaire. Me gustaban los grandes pinos con sus raíces heredando el matiz de las arrugas y los hongos líquenes que saltaban del suelo con un impulso vegetal. Me gustaba el Boulevard porque me lo enseñó mi madre una noche que estaba triste y fuimos a caminar como desamparados mientras las estrellas, al fondo del cielo, enchamarradas con las negras hojas, nos miraban de reojo pareciendo nada más que luces frías. En ese Boulevard besé a una novia y corrí por sus senderos llenos de agujas de pino pensando en el mañana y, también inventé que era un bosque que se desbordaba hasta cubrir las carreteras.

Ya hace mucho tiempo que no llego a la zona 5. Talvez desde que murió mi abuela y nos dejó solos en este mar de posibles desencuentros. Pero no puedo olvidar la Chácara ni el Edén. En la Chácara conocí amigos y, de lejos, a pequeños matones que desaparecían cada semana sin dejar rastro ni despedirse de nadie. Ladrones iracundos tatuados que se iban contra nosotros como cabros locos, para quitarnos un quetzal de la bolsa. En el Edén algunos amigos siguen vivos, pero hubo una época que al Little Rabit se lo cargaron de un escopetazo en la camioneta que asaltaba; fue mi único amigo loco, loco de esos cholos. Recuerdo al Otto con sus botas de felpa y al Daniel con su guitarra de charol. Recuerdo la Limonada, a sus cafres engasados y a sus princesas borrachas de oro rojo, jalando casi desnudas sobre un catre, líneas blancas y meteóricas. La Limonada era una colmena laberíntica donde cualquiera se perdía luego de un atraco. Pude ver a los niños ensayando a matar con pistolas de plástico y cuchillos de mesa, en vez de jugar pelota en el campo del Maracaná en el centro de la jungla.


Con mi madre y mis hermanos, gitanos de corazón, vivimos por toda la zona 5. De la Palmita, a la 5 de Agosto, de allí a la colonia Abril, de allá para Santo Domingo, caminado de noche y acortando las calles con la imaginación.


Ya hace años que no regreso a la zona 5. Mi hermana esta enterrada en el cementerio Los Cipreses, y en el segundo nivel esta mi abuela materna. Yo estoy vivo y alquilo un cuarto en la zona 1, ahora le sonrío a la violencia. Aún así, entre galerías Ultravioleta, en los magnos corredores de la casa de la familia Ibarguen y Casa Cervantes, sigo extrañando el Boulevard.

Texto: Lester Oliveros, para Mara Five.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Las putas rifas

Al final del arcoirís hay un ticket "cambiese por un lugar en el paraíso

No hay adolescencia miserable sin rifas de iglesia. No no, no es de exagerar, en realidad es una miseria lo que se vive al tratar de vender los numeritos. Dejá explicar. Imagináte con 15 años, el año es 1998 y te encontrás frente a la entrada de un supermercado. Dos horas después no has vendido ni dos de los 25 números de la lista que, so pena de muerte, te fueron impuestos. Pero claro, quien iba a invertir Q5 en una rifa de iglesia en esa época, en un certamen en donde era una tostadora el premio más costoso. Hay las iglesias de la zona 5.

No es exagerar, el punto es que la fe nos hace, o hace que nuestros padres, tomen decisiones que al final nos afectan la vida. “Eso te forja el carácter” claro, que mejor manera que tener al hijo en la entrada de un comercial vendiendo números mientras podría estar en cualquier otro lado del mundo disfrutando los pocos días de libertinaje que le quedan antes de entrar a la universidad y la vida laboral, de la que no saldrá hasta el resto de sus días.

¿Qué pasa cuando no podemos vender todos los números? El chantaje emocional no tenía precedentes, era como si al tomar la lista y no venderla, era equiparable a escupirle el rostro a la virgen, levantarle la túnica y revisar si en realidad usa o no calzón. No tenía nombre, así de simple.

Recuerdo una vez, pero estaba más pequeño, quizá 1994, en la Iglesia habían hecho otra de las rifas, Yonatan había decidido gabetear lo de su rifa, vendió los diez números de Q2 y entregó la lista sin el dinero. La humillación no tuvo precedentes. Jonatan lloraba, la voz de doña Ana María retumbaba en los oídos de aquél, la señora se aseguró que nunca olvidase que era un ladrón y que le había robado al mismísimo Dios, pues el dinero era para su obra. Jonatan no regresó nunca a la iglesia.

Nosotros (mis hermanos y yo) por el contrario pensamos “eso a mi no me va pasar” vendimos la lista, nunca robamos un centavo. Yo lo que cuestiono no es el robar, cuestiono el asunto de la fe. Si nosotros no decidimos gabetear no era por cuestiones de fe, era por cuestiones de autoestima.
Nadie quería que lo humillaran públicamente, Yonatan fue el chivo expiatorio, que la catolicidad siempre busca para enseñar. Entonces, al final, es más posible que la obra estuviese desvirtuándose, del “voy a vender la puta lista de la iglesia por que alguien me dijo que debía hacer y por alguna extraña razón, a la que llamamos fe lo hago” al “vendo esta puta lista porque no quiero que me humillen pues al final con esa doña no hay que meterse y hay que hacer lo que dice, simplemente porque si”.

Es grato pensar que la adolescencia más dura (dentro de la normalidad de los suburbios de una ciudad de tercer mundo, clase mediera, religiosa y poco violenta) del país es la propia, y sobretodo, la de la zona 5. Pero no nos engañemos, al final todos pasamos por ese tipo de cosas, si no son las rifas de la iglesia, son las del colegio y si no las de la colonia... y todas coinciden con lo mismo... son impuestas, y es una verdadera mierda venderla.
El colmo llegó al punto de que al trabajo te llega la lista, te persigue. Me enteré, no sé si es cierto, pero tengo entendido que en empresas, de esas que ayudan a niños con cáncer con rifas, obligan a todo su cuerpo de trabajadores (imaginen la cantidad de gente) a vender los talonarios y esto es a la fuerza pues si no lo hacen, los trabajadores deben pagar los numeritos.
Sea como sea es a la fuerza, vemos por las calles niños, jóvenes y adolescentes vendiendo números la pregunta es, cuántos de esos niños lo hacen con voluntad propia, y mejor aún ¿De qué me sirbe a mi haber perdido el tiempo vendiéndolas?


domingo, 9 de agosto de 2009

Feria en la Monja Blanca

Una nota amenazante y extorsiva sobresale entre mi puerta. La tomo, tiene el logo de la Municipalidad. "Señor vecino, el día nueve de agosto del dos mil nueve, se realizará la feria de barrio para traer alegría a usted y a su familia. Le rogamos que mueva su vehículo del frente de su casa o de su negocio, porque se instalarán toldos, negocios bla bla bla." Traduciendo: he decidido desde mi posición magnánima de alcaldeza auxiliar, doña Aydé de Pérez hacerlo feliz. Porque usted como vecino de la zona cinco, donde reino, se lo merece. Así que como a usted lo que le hace feliz es el olor a churrasco frente a su casa, le instalaré un puesto de carne de perro. Por eso, o me quita el carro a las seis de la mañana o se lo chamusco con la carne."
Son las seis treinta. Hace media hora quité el auto. No hay tal feria.
Una burbuja enorme empieza a inflarse. Es una ampolla que nace en la dulce superficie de mi hígado.
Mientras, posteo.
Saludos vecinos.

lunes, 22 de junio de 2009

LA MARA FIVE.....

Hace poco conocí a Prado en el gimnasio Zar Doz, por su puesto de la ZONA 5 y ahí pudimos constatar que yo era ese TATO, del que alguna vez se habla en estas historias tan amenas, de esa manera aquel me hizo la invitación para escribir algo aqui en este espacio, lo que me pareció una buena idea, de tal manera decidí visitar nuevamente el sitio y encontrarme con una historia ya conocida y con la observación que el blog no es "mara Cinco" como yo creía, sino que "mara five" al leer esto viene a mi mente los inicios de la popular, famosa y temida - MARA FIVE -

Le comenté a Prado sobre estos recuerdos y le decia que no muy comparto la idea de que esto se le llame Mara Five tambien, tomando en cuenta que muchos vecinos de la zona 5, no siempre apoyaron a la mara, incluso en aquellos años (principios de los 80's) habian algunos jovenes sobre sus primeros 20 años de vida, que ahora tendran hijos adolescentes, que siempre han sido vecinos de la zona 5, pero nunca se consideraron de la MARA FIVE.

De lo poco que puedo recordar, en esos gloriosos años comenzaron los famosos "toques" en la zona 5 todos los domingos alla en la CABAÑA, 39 Ave. entre 22 y 23 calle, con Machine y alla en el SALON PARROQUIAL de la Iglesia Santa Ana, con Music Disco de Chiqui, así pasaban los domingos, reuniendonse todos en esos lugares para bailar y ver a los que mejor lo hacian, en los buenazos retos que se daban, del disco y del break.

Chiqui de la Music Disco, se aventuró a salir de las fronteras de la zona 5 y se llevó los toques alla al Salón Tívoli de la zona 1 y al rato, Tono Machine se llevo su discoteca al salón de la policía de la zona 6 y con esto, los otros jovenes rebeldes de las zonas invadidas sintieron la presión y la amenaza de un grupo ajeno al de ellos y se iniciaron las primeras "broncas" entre maras, pero se necesitó la voz de un lider para unificar a todas "las maritas de la zona 5" ya que aqui estaban divididos en los de La Palmita, de La Chácara, Santa Ana, los del Hoyo, del Edén y otros mas, que no los tengo muy claro ahora, pero al salir de la zona 5 todos con una misma bandera "MARA FIVE" fueron a marcar territorio fuera de estas fronteras.

Al hablar de MARA FIVE, llegan a la mente nombres (apodos mejor dicho) que hicieron el inicio de la historia, algunos de ellos son: nabo, pachuli, calaca, mango, gorila, bam bam, tomate, teban, mudo, muerto, negro, moustro, moroco y muchos muchos mas, que no podria recordarlos.

En fin, todos los que leemos estas lineas somos vecinos de esta famosa zona, pero a mi criterio se que hay tanta gente que nacio justo en el seno de la zona de la ciudad olimpica y nunca pertenecieron y ni les intereso pertenecer a la mara five, con mucho orgullo dicen de que zona son, pero eso no los clasifica automaticamente miembros de esa MARA.

Espero no herir suceptibilidades y ofender a nadie, solo necesitaba hacer esta aclaración, antes de aceptar de lleno la invitación para participar aqui en este blog y compartir con todos, la historias de la zona 5, que en mi caso ya son casi 40 años de biblioteca para tomar algo y sacarlo al publico

miércoles, 10 de junio de 2009

Adán vive en la zona 5


Fui a dejar a Doña Mary a su casa. Era un lunes por la tarde y hacía calor. En la treinta y cinco avenida de la zona cinco, cerca de la veinte calle, de entre los talleres de mecánica llenos de grasa, evadiendo también al zapatero que luchaba contra el pegamento y su olor penetrante, salió un hombre desnudo. Era un tipo viejo, blanco, delgado, con barba. Doña Mary en vez de asombrarse lo vio y me dijo: ese señor siempre anda desnudo porque está loco. Anda diciendo que es un ángel y que Dios le llevó consigo y por eso ya no usa ropa. La gente lo veía como si nada. Y él caminaba hacia el sector más transitado. Doña Mary se bajó del carro y entró a su casa, mientras el tipo desnudo pasaba entre el auto y su puerta, ambos sin verse ni un instante. Me fui de allí cuando Doña Mary cerró su puerta.

Días más tarde, me encontré a Doña Mary y le pregunté por el tipo desnudo. Ella me contó que habían llamado a la policía, como las otras veces, y que había llegado una patrulla. Los policías le pusieron una camisa y un pantalón. La camisa, se la amarron al cuerpo con unos lazos. El pantalón se lo pusieron al revés para que no pudiera quitárselo. Pero el tipo al rato, andaba otra vez desnudo. Entró la noche y siguió así. Hasta que lo apedrearon. Se supone que fue alguien asustado por encontrárselo en medio de la oscuridad. O simplemente fueron ganas de joder. Lo cierto es, que en este edén de calles con casas pintadas de colores pastel, al borde del barranco donde nace el primer gran asentamiento de la ciudad, un tipo cree que ese es su paraíso. Donde se pasea desnudo, a los ojos de su Dios.

sábado, 23 de mayo de 2009

CARLOS Y DENISE

En algún lugar dentro de esta fotografía se encuentra la laguna mencionada en el relato. Notese las bodegas de Cemaco y el colegio austriaco. Suponemos que la laguna, si existe aún esta en el area verde detrás de el colegió en dirección nor noreste. sin llegar al bulevard que llega a Lourde.

Mi mamá que vivió también su historia de amor, se reía cuando los miraba besándose tan temprano sentados en la misma banqueta allá en la zona 5. Era una verdadera historia de amor. Denise tenía el pelo castaño y su rostro era el de una estudiante universitaria con unos enormes lentes que la hacían parecer muy inteligente, o al menos esa fue mi impresión. Era de baja estatura y un cuerpo fino, y parecía ser de buena familia. Vivía en una colonia de clase media en una casa alta de tres niveles a medio construir. Carlos tenía una estatura mediana, moreno, distinguido, con una buena dosis de románico, cantaba con guitarra canciones de amor y desde que vio a Denise se enamoro de ella.
Era el inconfundible amor a first sigth. Este amor los volvió locos, tanto que se olvidaron de sus diferencias, en tanto el padre de Denise se encargaba de recordárselos cada vez que los veía juntos. Por eso los mirábamos tan temprano besándose como si fuera de noche en una calle en plena mañana, cada uno con su uniforme del colegio. Ella se escapaba como podía y el buscaba el tiempo para verla. Nunca les pregunte siquiera el porque de una cita tan madrugadora. En aquel tiempo estaba preocupado por terminar de leer a Nietzche y a Hesse como si fueran un purgante necesario para acabar con mis íntimos rescoldos románticos y religiosos. A Carlos lo recuerdo bien porque además de habernos conocido en los Scout, nos veíamos en ocasiones en la casa de Denise: yo llegaba acompañando a Francisco Soto, o acompañándonos mutuamente por ver a Patricia, una musa sin glamour que se colgaba de árboles y saltaba de acantilados y se arriesgaba en los juegos del bosque con una valentía de amazona; pero además fue la mujer que me inicio en el gusto de la lectura guatemalteca.
Lo recuerdo bien. Fue esa ocasión en la que Carlos invito a Denise a La Laguna Verde, pero debía ir también Patricia para que no inculparan a Denise de haberse fugado con él, que ya en esa época era tan mal visto por el padre que sólo podían verse en la puerta de su casa. Carlos debió saber de mi amor inconfesado por Patricia y me invitó también.

Así que nos fuimos por el camino habitual que tomábamos con los Scout, bajamos la Cuesta del León y subimos hacia el colegio Austriaco y volteamos como yendo a San Isidro, bajamos al río. Siempre que bajábamos al río sabíamos que nos íbamos a mojar los pies, lo sabíamos y por eso llevábamos zapatos viejos y saltábamos de piedra en piedra sorteando el agua clara que viajaba sin prisa entre las rocas y troncos caídos y viejos, y los paredones húmedos vestidos de musgos y ramales hacían del lugar un pequeño paraíso boscoso. Yo era muy callado y Patricia también, aunque cuando sonreía parecía tan maravillosa que yo nunca me atrevía a darle un beso o decirle que me gustaba. Llevaba siempre el cabello recogido con una trenza, y parecía muy ágil saltando rocas en el río. Denise era más femenina, frágil y romántica. Patricia en cambio nunca hablaba de chicos ni de amor, y tenia muy bien guardada una pasión por los libros que me cambio la forma de ver a las mujeres. Aquella mañana Denise y Carlos, recuerdo que hablaban de sus asuntos y yo debí comentar con Patricia sobre el bosque, las clases y los compañeros Scout. Recuerdo que pasamos un oscuro pasaje que era como un túnel, y recordé siempre el temor fascinador de la primera vez, que era como un deseo, o una sensación de internarse en otro mundo, o de resurgir en un mundo muy distinto, como en un sueño cuando uno ve al fondo una luz muy pequeña que a cada paso va creciendo hasta entregarnos la clara luz refulgente del otro lado. Así fue esta vez, Patricia pasaba frente a mí y yo sentía la presión del agua contra mis piernas y el temor que el río se creciera de repente. A medio camino, la oscuridad era tan presente y el ruido del agua atronador que realmente parecía que uno estaba caminando por un sitio peligroso, por donde la única luz eran unos respiraderos muy pequeños donde la claridad se ahogaba. Al fondo apareció la sagrada luz, y el rumor se fue espaciando con forme llegábamos a la boca del pasaje, y el terreno por el que caminábamos perdía irregularidades. Subimos una lomita y vimos la laguna. Era verde esmeralda y estaba rodeada por paredones montañosos y pinos que la envolvían en un verde profundo como en un sueño lucido. Hicimos un pequeño campamento, y Carlos bajó con Denise a revisar el fondo para los saltos venerables que siempre emprendíamos desde una base de concreto que debió ser en algún tiempo un intento fallido de alguien por construir un tipo de presa o dique para sanear la laguna. En realidad la laguna era un estanque cubierto de un alga que no habíamos visto en ningún otro lado, eran como pequeñas escamas verdes que al reproducirse lograban el encanto de cubrir toda la superficie de una alfombra vegetal. Patricia me dijo “has leído algo de Rigoberta Menchu”, sólo sé un par de chistes le dije, sin darme cuenta de mi error. Sacó un libro y empezó a leer sentada en el borde de unas gradas sepultadas entre la tierra. Yo me dediqué a observar la naturaleza, el cielo, esos sonidos escondidos entre los árboles y vi un par de ardillas saltando de rama en rama, y a unos pajarillos hermanándose bajo el sol.

Carlos y Denise habían desaparecido. Y yo no tenía nada de que hablar con Patricia. Ella estaba tan concentrada en su lectura que resolví tirarme desde el dique. Salté, al cabo de muchos intentos fallidos, temía realmente el instante de saltar y estar a merced de la gravedad violenta. Pero al lanzarme logré la atención de Patricia y la animé para que saltara también. Y me vio con algo de rabia y una sonrisa insolente y me di cuenta que se había molestado. Subí empapado y lleno de minúsculas algas regadas por la piel. “Qué lees”, le pregunté, y ella me volteo la pasta y pude ver a una mujer indígena y el título “Soy Rigoberta Menchu y así me nació la conciencia”. Yo si había leído a buenos autores pero nunca me había preocupado mucho por Guatemala, y había oído sobre la señora Menchu pero no le puse toda la importancia como para leer sobre ella. Aquella vez me sentí tan ignorante frente a Patricia que llegué a su casa un día con quince libros que había leído en los que figuraban autores tan excéntricos que ella debió pensar que yo había perdido la razón, como decía mi madre en aquella época febril.

Pero esta historia es sobre Carlos y Denise, que eran amantes, y que luego de unos meses ya no los vimos en su habitual banqueta, y quizás nunca supe lo que paso, pero intuyo que fue obra del mismo amor que los unió. A Denise la vi una noche en la zona 1, en el Café Peñalba, dibujando unos ojos en una servilleta. Vivía sola y parecía disfrutar de su libertad. Ahí entre discos de The Cure y Depeche Mode, me atreví a preguntarle por Carlos y no me respondió a los ojos. De Carlos supe que se había unido y luego separado, y luego que se había unido de nuevo con una chica llamada Velvet que también había conocido en los Scout. Ahora los recuerdo porque el mundo se parece a ellos, un poco de amor un poco de olvido, todo por lo mismo, el paso del tiempo.

LESTER OLIVEROS.

miércoles, 29 de abril de 2009

Caminando buscando un camino


Imaginarme como un forastero en las calles de la zona cinco siempre fue fácil. En los Arcos, La Monja blanca, La Ferrocarrilera, Los dos Jardines... antes cuando no asaltaban tanto. Igual de fácil como sentirse propio o ajeno, todo dependía de con quien se está caminando, con quien se anda. Verme como forastero me ha resultado fácil porque de momentos es ausente el sentimiento de pertenencia. Pero hay ciertas partes en las que no, como caminar en el bulevar y pensar que aparte del cementerio, es lo más cerco a un parque que tiene esos suburbios.

La luz en el bulevar es distinta, sobre todo los domingos. Y es que caminar por ahí, buscando un camino que seguir y que por momentos pareciera nunca llegar, son instantes en el tiempo que por muy importantes que sean, son fáciles de olvidar. Así de fácil como toparse con el forajido de turno y saludarlo para que este no te asalte. No es un secreto, en la zona cinco vivimos muchos ladrones: de objetos, historias o recuerdos, pero entre los violentos se puede uno topar con algunos que son corteses, si los saludos, no te hacen nada.

Caminar por ahí me hace recordar las cagadas de la infancia que ahora son chistosas pero antes nos carcomían las entrañas, supongo que lo mismo sucederá en el futuro. Que cuando llegue a viejo, me dará risa lo que ahora me complica la existencia. Lo cierto es que siempre me sentiré perdido en la zona cinco. Es mi laberinto, mi confort, mi ratonera, mi jaula, mi todo. Seguiré buscando mi camino. Los amores perdidos, encontrados y vueltos a perder, reencontrar rostros y amistades siempre será fácil acá.

La melancolía domina las cuadras a cualquier hora. Habita en los resquicios de las casa, en las puertas de las iglesias. Se arrastra lentamente en el Novicentro, en súper24 incluso, en las fronteras... pues hasta en el campo Marte se sentía. Pero antes, cuando no estaba cercado, cuando la tribuna era testigo del tiempo y era un campo sin luz. Recuerdo que fue ahí lo más lejos que llegué caminando la primera vez que decidí huir de casa. Fui un cobarde, regrese tres horas después, pero claro, mi único destino era ser un niño de la calle.

jueves, 26 de marzo de 2009

requiem por los choferes

Mi abuelo pasa sentado en el umbral de la puerta de su casa, bajo un árbol, la mayor parte del día. Tiene casi ochenta años. Un tipo rudo y exacto, mi abuelo. Me enseñó a ser diplomático. Uno debe ser pobre pero honrado, dice. Y sí, mi abuelo es pobre y también honrado. O lo parece. Las mujeres fueron el problema de mi abuelo. Tenía muchas y a menudo olvidaba sus nombres.
En su habitación tiene guardado un álbum con las fotos de sus amantes. Una de ellas era brasileña. Era una señora de tetas grandes y caídas, con mucho maquillaje. Mi abuelo me enseñaba las fotos y se reía mostrándome su placa dental. En una de las paredes de su cuarto, cuelgan tres fotos: la primera es de mi abuelo con su madre, donde él se ve como una réplica de Sartre y ella como simpatizante del Führer; en otra, sus cinco hijas, entre ellas mi madre; y en la última, un gigantesco autobús Ford, modelo cuarenta y nueve.
Era el bus que manejaba mi abuelo, desde la entonces remota Villa Canales hasta Guatemala ciudad de 1949 a 1954. Mi abuelo fue chofer de camioneta, sí. Luego, tuvo infinidad de trabajos hasta que llegó a ser Inspector General de transportes en la Municipalidad. Mi abuelo el diplomático.
Cuando yo era niño, es decir, cuando tenía unos diez años, mi madre no tuvo más remedio que enviarme a la escuela sólo en el transporte público. Tenía que irme en una de esas van Ford, las cuales adaptaban para el servicio. Le instalaban bancas de madera y las pintaban de blanco y morado. Eran las Apmingua. Entrabas agachado porque el espacio dentro era reducido. Yo siempre iba cerca de la puerta trasera. Junto a mí, todos los días se sentaba una señora con el pelo largo y negro cundido de diminutas liendres blancas. Yo hacía todo lo posible por no verla.
Cuando llegabas a cada parada, un tipo que asistía al chofer corría a abrir la puerta de atrás y la gente salía de un brinco. Yo tomaba la ruta que iba hacia la Terminal de autobuses, me bajaba como a un kilómetro de la escuela y luego empezaba el largo ascenso por la montaña en cuya cima estaba situado el colegio salesiano donde asistía.
Pasaba sitios pobres llenos de ladrones. La primera vez que me asaltaron fue allí. Tenía doce años. Pero bueno, la cosa es que conocía a casi todos los pilotos de esos microbuses. Canche me decían, porque para ellos yo era rubio. Podía ir tranquilo con ellos. Recuerdo especialmente uno, que era  amable. Me avisaba cuando ya me tenía que bajar. Si veía que venía por el camino, se detenía a esperarme para abordar el bus. Los otros no lo hacían, simplemente se iban.
Unos años después terminaron por expulsarme de aquella escuela en la montaña. Se hartaron de mí los curas, cuya vocación son los jóvenes con problemas. Yo debía ser uno demasiado grueso para sus católicas eminencias. Así que mi madre me inscribió en un lugar cerca de su oficina. Para controlarme, obviamente. Y tuve que abordar otros buses, ya no aquellos donde me conocían.
Un alcalde nuevo tomó posesión y decidió cerrar todas las rutas de microbuses. Adiós viejas van Ford, con bancas de madera. En su lugar envió autobuses mucho más grandes y cómodos. Y a los pilotos de los viejos microbuses, simplemente los mandaron al carajo.
Empezaron las protestas. Un día yo venía del supermercado, caminando por el boulevard. A lo lejos vi que la policía amedrentaba a los pilotos inconformes. También pude ver cómo subían a la parte trasera de una patrulla a un par de inconformes. Con golpes por supuesto.
Ya cuando estaba cerca, pude ver quienes eran. A uno no lo había visto antes y al otro, pues bueno, era aquél tipo amable que me esperaba. Tenía las manos contra su espalda, unidas por las esposas. Me vio y me reconoció y hasta hoy no he podido olvidar aquella mirada de tristeza. Lo estaba perdiendo todo aquel día y encima se iba preso. Y con una golpiza de postre, por supuesto. La patrulla arrancó con la sirena abierta y yo me quedé viéndolo sin decir nada.
No supe nada de él en años, hasta que lo encontré hace unos cinco, tirado en una acera fuera de un bar. Ahora es un indigente. Un charamila. Vaya, habrá que agradecérselo a la suerte.
En fin. Hoy, en Guatemala City parece que asesinar a los pilotos de autobús es el deporte favorito de los sicarios. Los matan a diario, en todas partes. Mi abuelo me lo cuenta aturdido cada vez que lo saludo, afuera de su casa.
Yo vengo del linaje de un chofer de bus. Así que pienso en las familias de esos pilotos. En los hijos huérfanos, en los hijos que no nacerán, en los nietos que no escribirán en blogs, textos que no salvarán a nadie. Y también en aquél tipo en la parte de atrás de una patrulla, hace diez años, cuando mi abuelo tenía sus últimas amantes.

lunes, 16 de marzo de 2009

La Puerta Roja

(Esta no es La Puerta Roja)

Mi madre le daba comida al Bacho, cada vez que éste llegaba muy borracho pidiendo una moneda. Era típico, era un borracho sin un centavo, sucio de banquetas y con los pómulos reventados, moreno, melancólico y mañoso. De vez en cuando, le hacía el favor a mi madre de irle a tirar la basura, otras veces, la dejaba tirada en la esquina. Muchos borrachos de la zona cinco se juntaba en La Puerta Roja, una cantina multitudinaria a donde llegaban borrachos de todas las colonias, hasta de Jardines, pues las conversaciones eran sobre dolores renales, medicinas naturales para curar la cirrosis, sopas especiales para la cruda, licores clandestinos, fechas de difuntos ilustres, amigos en común y las nostalgias de los años en una vida de parrandas humildes y visiones excesivas. A mi me gustaba llegar a comprar a esa tienda porque los bolos eran buenos y siempre andaban regalando su pisto a los patojos. Me contaron que una tarde llegó un bolito como el Bacho y se veía muy mal, estaba pálido y sin un len; a su lado estaba un finquero muy conocido por sus bromas y al ver al bolito le ofreció, no un trago, sino siete, advirtiéndole que si no se tomaba los siete de un solo, los tenía que pagar el mismo, pero si se los tomaba todo serían a cuenta de el. El bolito aceptó y se echó el primero, el segundo, y así hasta llegar al séptimo, se le vio feliz de haberle ganado el reto al orgulloso finquero. El finquero le dio la mano y dándole un abrazo estaba, cuando el bolito no se contuvo y con un sonido gutural devolvió los tragos con un vomito sangriento que le dejo manchado el pecho al finquero, que oyó el ultimo suspiro del bolito en el oído. Esta historia era comentada mucho después de todo, y los bolitos ya no aceptaban retos de ninguno, tomaban en pachitas el alcohol puro para sanar heridas, porque las heridas de ellos eran muy profundas y no habrían cicatrizado ni con todo el tiempo del mundo.

Todavía cuando llego a la zona cinco veo al Bacho, ese borracho inmortal que se terminará bebiendo todo el ron de La Puerta Roja.

Guatemala 13/03/09

Lester Oliveros Ramírez

jueves, 12 de marzo de 2009

Zona 5: El Profe y el Chato

Durante la primaria abordé todos los días la misma camioneta 3 a las 6:00 am, tiempos aciagos donde no me permitían dormir. Durante esa cantida de tiempo como que controlás la gente que utiliza el servicio a las mismas horas y de alguna manera sentís que vas más seguro pues hay gente conocida. Una de esas personas era un profesor de matemáticas que según mi papá llevaba varios años dedicándose a eso. Todas esas semanas lo mirábamos con mi hermano menor al menos una o dos veces, siempre se subía en la 34 avenida de la zona 5.
Cambié de escuela, horario de estudio etc y jamás lo volví a ver. De un año para acá, volví a utilizar la misma ruta 3, siempre temprano por la mañana. Me he vuelto a encontrar a este profesor pero el tiempo hizo estragos en él. El pelo más blanco, mucho más blanco, lo reconocí pero el encontrarlo no me causo ningún sentimiento, es aquello que tu vida sigue igual. Total que hace dos semanas subí a la camioneta que me lleva a la zona cinco, sobre la 10ª avenida y 8ª. calle. Ahí me encontré al profesor, con el mimos atuendo de siempre, camisa a cuadros, suéter planchado, pantalón formal. Impecable pero con señales de que en años no se han lavados esas prendas.
Soy el menos indicado para defender gente, siempre juzgo a diestra y siniestra. Sobre todo a los profesores. En fin. Lo reconozco pero me llama la atención ver que en realidad el profe, lo que está haciendo es pidiendo limosna. Se acerca a la gente, extiende su mano y dice “¡Me da un quetzal!”.
No sé, en realidad no fue que me haya sentido mal, simplemente me sorprendió. Que más se necesita para no terminar en la calle, un trabajo honrado, hijos que te cuiden en la vejez, no lo sé lo cierto es que no lo he vuelto a ver. Y solo me generan dudas cuanto te acercás a esa edad.

El chato es otro caso. Desde hace 20 años he tenido la desventaja de tener a mi vecindad una tienda. Es una mierda en realidad. La cantidad de gente que pasa frente a la casa es demasiada, por lo general dejan la basura tirada frente a mi casa entre otras cosas. Lo peor sucede los domingos. Ese día la selección de fut de la Ferrocarrilera compuesta por jugadores del asentamiento de los alrededores después de jugar va a celebrar la victoria, empate o perdida a esta puta tienda. Todos los domingo escuchan su maldita música, hablan de sus putos temas y se ponen a verga. Eso incluye orinar en las paredes de mi casa entro otras cosas, pero que le vamos hacer, así son los chapines a la tortrix.
Uno de todos esos bastardos es el Chato. Con lentes, chaparró, piel morena casi blanca y malo para chupar. Hijo de una tortillera pasa la vida entre el campo de fut, las tortillas de su mamá y de cacha en el trabajo que se le ponga enfrente. Y bueno, a él le iba mejor con las mujeres lo reconozco. Bueno, a cualquiera le ha ido mejor con las mujeres. Total que conoce a esta mujer, tiene un noviazgo etc y deciden vivir juntos. Pasa el tiempo y el chato y sus amigos no regresan a hacerme de la vida una mierda los domingos. A bueno, he de decir que mucho tiempo después, ya de mayor llamé a la policía un par de veces para que esos mierdas fueran a chingar a otro lado. Y mi empresa fue un éxito.

Total que hace unos día me entero que el chato, harto de su vida de casado, arremete contra su esposa y la mata. El chato enviuda por mano propia, mata a su mujer y huye. Una semana después (el domingo pasado) la policía lo va a traer a la casa de su mamá. La familia de la difunta no lo quiere preso... lo quiere en sus manos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Botella, papel o ropa

Así gritaban las señoras cuando pasaban frente a mi casa. Yo, con seis o siete años, ya podía imitarles a la perfección. Es exactamente el mismo tono del "Oh dulce Jesús mío, perdón, perdón" de los entierros que no quiero que canten en el mío. Los afiladores: los cuchillos, las tijeras qué afilar. Los zapateros: se arreglan zapatoooos. El gas, la leche, el pan, qué se yo. Supongo que la zona cinco es de privilegiados porque acá antes de Dominos y sus treinta minutos o gratis, ya había reparto a domicilio de todo tipo de producto de primera necesidad. Pero entre todos estos, queridísimo Arana, el que más me prende la nostalgia es !el que reparaba paraguas! Joder, habrán sido los paraguas tan caros como para reparar uno. Los chinos deben haber quebrado al señor. Ahora, aún con todo y crisis, un paraguas te vale veinte quetzales en la calle, ¿cuánto podrían haber cobrado por reparar un paraguas? Otro oficio extinguido.
Suponé que escribir también se extinga un día y que haya una máquina para soñar.
Yo no me preocuparé.
Escribir no me da de comer.
Pero la primera vez que mire esa maldita máquina, la voy a destrozar.

(a veces, oigo el tristísimo silbido del tren. la última vez fue como en octubre. será verdad ¿o mi bipolar mente me traiciona?)

martes, 24 de febrero de 2009

¡Los cuchillos, las tijeras que afilar!


Por si no te has dado cuenta utilizo el patio de mi casa para empezar a escribir. Como lo he dicho antes, es un canal entre la civilización y yo. Como recordarás en mi casa hay un naranjo, un lima y una granada. Son los únicos árboles frutales. Hoy me entretuve viendo a Matilde, la gata de la casa, como jugaba sobre el sillón del patio. Pero en un instante se incorporó y se agazapó, seguí su mirada, buscaba lo que la mantenía alerta. En eso vi como el murciélago daba una ronda más sobre el naranjo y salía en vuelo. Espectacular, fue una película muda. El silencio ese silencio envolvente. Creo a eso le llamaré inspiración.

Fue entonces que recordé, sea por magia, por intuición, o meramente un motivo innecesario para traer a la memoria cuestiones que parecen insignificantes, como cada vendedor de helados, afilador de cuchillos o zapatero ambulante, guardan una única cosa en común. Todos ellos en su voz resguardar y aprisionan a la ciudad, se puede escuchar el eco vacío y ensordecedor de Guatemala, de la zona 5 durante las tardes, aquellas largas tardes de desempleo.

Recuerdo una ocasión que unos ladrones trataron de asaltar a uno de estos sujetos. Creo que fue a un afila cuchillos de a pie, porque los había también en bicicleta. Dicen, porque yo no lo vi, que él tomo un cuchillo que guardaba entre el cincho y con él, marcó el rostro de uno de los ladrones. El otro se asustó y salió corriendo junto al ahora, ladrón marcado por siempre.El tiempo pasa y ellos se extinguen. Incluso hubo aquellos que reparaban ollas de peltre. Ahora , ausentes como son, creo que estos fantasmas de la cotidianidad ya solo habitan en mi cabeza. Pero lo sé, la zona 5 no eran la única con estas cualidades, aunque a veces, solo a veces, así lo parezca.

lunes, 23 de febrero de 2009

Aveces

Solo aveces.... veo estas cosas y pienso en la colectivdad de ahora. Muchas cosas de la cinta original me parecen falsas. No sé porque. Pero así.

domingo, 15 de febrero de 2009

Dopaje

El otro día me llamaron por teléfono. Me contaron que un miembro del Ministerio Público había sido asesinado. De inmediato encendí el televisor y puse las noticias. Tuve que mirar ochenta comerciales de detergentes para poder enterarme de que al muerto, le dispararon en la zona 5. Fui hacia la estufa de gas y encendí la llave. Tomé los fósforos y encendí uno. Lo coloqué junto a la hornilla y de inmediato la llama azul apareció. Puse a hervir agua en una olla de peltre. Cuando las burbujas de la ebullición comenzaron, tomé el agua y la serví en una taza. Me senté en la mesa, escuchando la voz que sale del televisor, narrando más crímenes. Agregué dos cucharaditas de café descafeinado (detesto esa porquería, es como pedir una cerveza sin alcohol) y empecé a recordar. Los campeonatos que hacían en la Ferrocarrilera. Eran olimpiadas o algo así. Yo debo haber tenido unos siete años, cuando mi tío me llevó a participar, por supuesto en contra de mi voluntad. Mi madre me puso la pantaloneta más pequeña que encontró, creo que para que me viera más gordo todavía. Y luego me dio unas palmaditas en la espalda y me mandó al matadero. Me inscribieron en la carrera de los veinte metros planos. O intentaban ser planos, porque la cuarenta y dos avenida deja mucho que desear todavía. Me pusieron en el carril seis. Mi tío me decía una y otra vez: "lo importante es competir". Joder, si sabía que no era atleta, ¿por qué la insistencia? Sonó el disparo y comencé a correr. Mis piernas pequeñas y gordas no daban para más. Llegué de último por supuesto. Todos se abrazaban, yo estaba contento de que aquella tortura hubiera terminado. Lo importante es competir, decía mi tío. Creo que al final, se lo decía a él mismo. Más que a mí. Mientras tanto, regreso a mi actual circunstancia: bebiendo café descafeinado. La televisión encendida con las noticias que procuro jamás ver y un colega muerto. En estas circunstancias, creo que empiezo a extrañar la maldita pantaloneta blanca que jamás me quedó. Demonios. Tengo que tomarme mi pastilla.

viernes, 6 de febrero de 2009

Alz

Noche con noche, la luz del poste parece flotar en el aire. Ambienta el lugar de una textura naranja que logra traspasar las hojas de los árboles que defiendo en mi casa, los que todos quieren talar.

El patio, herencia de mi abuelo que tanto defendió “es para que jueguen mis nietos”, es ahora cinco metros cuadrados que nos separan de la civilización. En el patio el tiempo no ha pasado. El Wolkswagen averiado de mi padre, parqueado desde hace 20 años en el mismo lugar, un monumento inamovible de su terquedad. Los lazos para secar la ropa al sol, casi tan viejos que con una mirada podrían romperse. Una sercha solitaria se columpia en uno de ellos, al compás del viento que silva entre hojas, mientas esa brisa empapa la torta de cemento donde tantas veces nos peleamos y jugamos con mis hermanos.

Si algo rescato de la zona cinco es que aún hay silencio por las noches. Es como vivir en una pequeñísima ciudad dentro de la ciudad mientras nosotros, en la ferrocarrilera y en tu caso la Monja, vivimos en los suburbios de esa ciudad minúscula e imaginaria.

Pasa el tiempo y la nostalgia siempre no obliga a regresar a esa época que no necesariamente es feliz, pero que nos enseñó el mundo, esa niñez tan guatemalteca, tan simple y tortuosa, similar a la de nuestros padres y abuelos de forma fractal. Pero todos los climas y fiesta se viven mejor ahí, no será para menos, por obvios motivos, el 1 de noviembre es de los mejores días. El cementerio Los cipreses convoca a tanta gente... pero bueno vos sabés mejor de eso, vivís a media cuadra de él.

Espero estés bien, el hecho de no saber que sucede en tu vida solo responde a ciertas circunstancias.

A) se te olvidó que tenías que escribir, o se te olvidó escribir. Esto gracias al Alzheimer que tortura a la gente de nuestras edades.

B) Que dado el tipo de trabajo que tenés la perseguidora te ha obligado a temer de todo e incluso de escribir y por ello no tenés forma de comunicarte.

C) Que ya no te interese publicar tus memorias como habíamos acordado que se utilizaría este espacio.

Bueno sin más que agregar me suscribo con la esperanza de ver que nuevas ocurrencias acontecen en tu vida de servidor público. Recordá, escribir distrae es un ejercicio catártico y más del algún morboso pasará pro aquí para leer que pasa con la Marafive.

sábado, 17 de enero de 2009

¿Don Adolfo o Don Ovidio?


Siento utilizar esta plataforma para darle una mala noticia para la colonia Ferrocarrilera, aunque muy buena para mi. Antenoche, Alejandro mi hermano me contó que hace una semana falleció Don Ovidio.
Como usted bien recordará la Colonia Ferrocarrilera se fundó para todos esos hombres que entregaron su vida en la extinta Ferrocarriles de Guatemala, Fegua.

Entre ellos se sortearon las dos cuadras de casas que ellos mismos ayudaron a construir en el Gobierno de Arévalo. Entre ellos, estaba como bien recordarás, mi abuelo paterno que en gloria esté, Wenceslao Arana Chacón, sobrino nieto del expresidente Lázaro Chacón (1926-1930) y que a su vez fue tío en segundo grado de Carlos Manuel Arana Osorio quien fuera nuestro presidente del 70 al 74, al menos eso defendió hasta su muerte, y yo ya no me lo creo.
Él empezó a trabajar en esa empresa acarreando agua y termino como maquinista, trabajo que desempeñó hasta sus últimos días y que amó con pasión.
Pues resulta que uno de sus compañeros era Don Ovidio el cual vivió como a cien metros de la que casa que mi abuelo nos heredó. No sé si por la cisticercosis, enfermedad que creemos con mis hermanos que padecía, o porque, pero los últimos dos años de vida el señor fue problemático.
A mis hermanos y a mi siempre nos trató de ladrones, cada vez que aparecíamos en su camino nos decía “ladrones”, “no me vallas a asaltar que te vergueo” etc, etc. En realidad me causó mucho enojo su actitud, más no le ponía atención. Una vez me vio venir, me dirigía hacía mi casa, cuando de la cintura saca un machete blandiéndolo en señal de amenaza, fue entonces que pensé: “si me ataca le pateo las rodillas, se las quiebro, lo dejo chenco y ya no chinga a nadie”, sin embargo no pasó nada.
Eso no se iba a quedar así, por lo que decidí hablar con una de sus hijas. Vos no me dejarás mentir, la zona cinco es un lugar de altos contrastes, creo que es una de sus hermosas cualidades. Una de sus hijas es médico, supongo que muy importante por lo que de andar en un wolkwagen escarabajo saltó a usar una camioneta Honda muy parecida a las BMW. A ella le sigue una van con guardaespaldas. Claro te estoy hablando de un proceso de 15 años.

Traté de hablar con ella pero no pude. Me dispuse a abordarla y decirle, “Mirá ximena, tu papá tiene dos años de tratarme de ladrón, la semana pasada cuando me vio, sacó ese su machete cerote que no sé como dejan que use y me amenazó. Te lo digo porque sos una mujer de ciencia y por eso deberías de encerrar a tu papá en un asilo porque si se me deja ir, voy a responder y no quiero que haya mala sangre”.

Sin embargo nunca se lo pude decir y el mosh se me pasó. A veces me lo topaba en la camioneta, incluso hace tres semanas, subí al bus, me senté detrás de él, volteó a ver y se cambió de lugar. Así era el viejo cerote. La verdad la noticia de su muerte me alegró mucho. No porque despertase a la vida eterna de los cristianos, no. Estaba feliz porque era un viejo mierda menos que aguantar. Anoche vengo y le digo a mi hermano “Que buena mierda que se murió don Ovidio vaa... viejo mierda” a lo que me responde “No... quien se murió fue Don Adolfo, ese viejo cerote no chingla a nadie, Don Ovidio no, ese viejo mierda nos va a enterrar” quise reirme pero no me cayó en gracia.

Bueno ya no sigo, no te quiero quitar el tiempo. Entiendo que tu vida y sus roces con la ley es muy apretada, no vemos, feliz día.

Pie de foto. Un monumento en El Salvador, foto cortesía de Dina Alburez

domingo, 11 de enero de 2009

robocop

Ahora que menciona a los locos y la distinguida parroquia de San Juan Bautista, recuerdo la misa celebrada en ocasión del deceso de Robocop, el indigente que buscaba entre las hojas de los eucaliptos algo así como la vida que perdió. Yo lamenté no averiguar el origen de su locura reflejada en sus ojos verdes, antes de su muerte, provocada por el politraumatismo sufrido a consecuencia de atravesarse el boulevard sin ver nada más que el suelo y las hojas. Al menos eso nos hizo creer el párroco.
Y no fue sino hasta una tarde soleada de esas que se dan en nuestra zona cinco, cuando los futbolistas juegan a todo pulmón en las canchas de la Chácara, el Campo Marte y el Maracaná, que mi profundo error fue corregido:

Robocop estaba vivo.

Y cuando lo vi otra vez transitar por el camellón jardinizado del boulevard de Jardínes de la Asunción, con la mirada fija en el suelo, pensé que dios existía y se había acordado para mi mala suerte, de una que otra blasfemia que solté cuando me hundía entre las primeras sábanas húmedas con aquella muchacha que amé y no me amó, sino me deseó, por ser ella de una zona elitista y yo un simple salvaje de la mara five.
Tremendo susto me llevé.
Después, detuve mi Nissan Sunny 83 y decidí tomar rumbo a la parroquia a reclamarle al párroco. Sin embargo, me di cuenta de inmediato que mi plan era ilógico, pues los católicos creen en la resurrección.
Creo que robocop es un ungido.