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sábado, 23 de mayo de 2009

CARLOS Y DENISE

En algún lugar dentro de esta fotografía se encuentra la laguna mencionada en el relato. Notese las bodegas de Cemaco y el colegio austriaco. Suponemos que la laguna, si existe aún esta en el area verde detrás de el colegió en dirección nor noreste. sin llegar al bulevard que llega a Lourde.

Mi mamá que vivió también su historia de amor, se reía cuando los miraba besándose tan temprano sentados en la misma banqueta allá en la zona 5. Era una verdadera historia de amor. Denise tenía el pelo castaño y su rostro era el de una estudiante universitaria con unos enormes lentes que la hacían parecer muy inteligente, o al menos esa fue mi impresión. Era de baja estatura y un cuerpo fino, y parecía ser de buena familia. Vivía en una colonia de clase media en una casa alta de tres niveles a medio construir. Carlos tenía una estatura mediana, moreno, distinguido, con una buena dosis de románico, cantaba con guitarra canciones de amor y desde que vio a Denise se enamoro de ella.
Era el inconfundible amor a first sigth. Este amor los volvió locos, tanto que se olvidaron de sus diferencias, en tanto el padre de Denise se encargaba de recordárselos cada vez que los veía juntos. Por eso los mirábamos tan temprano besándose como si fuera de noche en una calle en plena mañana, cada uno con su uniforme del colegio. Ella se escapaba como podía y el buscaba el tiempo para verla. Nunca les pregunte siquiera el porque de una cita tan madrugadora. En aquel tiempo estaba preocupado por terminar de leer a Nietzche y a Hesse como si fueran un purgante necesario para acabar con mis íntimos rescoldos románticos y religiosos. A Carlos lo recuerdo bien porque además de habernos conocido en los Scout, nos veíamos en ocasiones en la casa de Denise: yo llegaba acompañando a Francisco Soto, o acompañándonos mutuamente por ver a Patricia, una musa sin glamour que se colgaba de árboles y saltaba de acantilados y se arriesgaba en los juegos del bosque con una valentía de amazona; pero además fue la mujer que me inicio en el gusto de la lectura guatemalteca.
Lo recuerdo bien. Fue esa ocasión en la que Carlos invito a Denise a La Laguna Verde, pero debía ir también Patricia para que no inculparan a Denise de haberse fugado con él, que ya en esa época era tan mal visto por el padre que sólo podían verse en la puerta de su casa. Carlos debió saber de mi amor inconfesado por Patricia y me invitó también.

Así que nos fuimos por el camino habitual que tomábamos con los Scout, bajamos la Cuesta del León y subimos hacia el colegio Austriaco y volteamos como yendo a San Isidro, bajamos al río. Siempre que bajábamos al río sabíamos que nos íbamos a mojar los pies, lo sabíamos y por eso llevábamos zapatos viejos y saltábamos de piedra en piedra sorteando el agua clara que viajaba sin prisa entre las rocas y troncos caídos y viejos, y los paredones húmedos vestidos de musgos y ramales hacían del lugar un pequeño paraíso boscoso. Yo era muy callado y Patricia también, aunque cuando sonreía parecía tan maravillosa que yo nunca me atrevía a darle un beso o decirle que me gustaba. Llevaba siempre el cabello recogido con una trenza, y parecía muy ágil saltando rocas en el río. Denise era más femenina, frágil y romántica. Patricia en cambio nunca hablaba de chicos ni de amor, y tenia muy bien guardada una pasión por los libros que me cambio la forma de ver a las mujeres. Aquella mañana Denise y Carlos, recuerdo que hablaban de sus asuntos y yo debí comentar con Patricia sobre el bosque, las clases y los compañeros Scout. Recuerdo que pasamos un oscuro pasaje que era como un túnel, y recordé siempre el temor fascinador de la primera vez, que era como un deseo, o una sensación de internarse en otro mundo, o de resurgir en un mundo muy distinto, como en un sueño cuando uno ve al fondo una luz muy pequeña que a cada paso va creciendo hasta entregarnos la clara luz refulgente del otro lado. Así fue esta vez, Patricia pasaba frente a mí y yo sentía la presión del agua contra mis piernas y el temor que el río se creciera de repente. A medio camino, la oscuridad era tan presente y el ruido del agua atronador que realmente parecía que uno estaba caminando por un sitio peligroso, por donde la única luz eran unos respiraderos muy pequeños donde la claridad se ahogaba. Al fondo apareció la sagrada luz, y el rumor se fue espaciando con forme llegábamos a la boca del pasaje, y el terreno por el que caminábamos perdía irregularidades. Subimos una lomita y vimos la laguna. Era verde esmeralda y estaba rodeada por paredones montañosos y pinos que la envolvían en un verde profundo como en un sueño lucido. Hicimos un pequeño campamento, y Carlos bajó con Denise a revisar el fondo para los saltos venerables que siempre emprendíamos desde una base de concreto que debió ser en algún tiempo un intento fallido de alguien por construir un tipo de presa o dique para sanear la laguna. En realidad la laguna era un estanque cubierto de un alga que no habíamos visto en ningún otro lado, eran como pequeñas escamas verdes que al reproducirse lograban el encanto de cubrir toda la superficie de una alfombra vegetal. Patricia me dijo “has leído algo de Rigoberta Menchu”, sólo sé un par de chistes le dije, sin darme cuenta de mi error. Sacó un libro y empezó a leer sentada en el borde de unas gradas sepultadas entre la tierra. Yo me dediqué a observar la naturaleza, el cielo, esos sonidos escondidos entre los árboles y vi un par de ardillas saltando de rama en rama, y a unos pajarillos hermanándose bajo el sol.

Carlos y Denise habían desaparecido. Y yo no tenía nada de que hablar con Patricia. Ella estaba tan concentrada en su lectura que resolví tirarme desde el dique. Salté, al cabo de muchos intentos fallidos, temía realmente el instante de saltar y estar a merced de la gravedad violenta. Pero al lanzarme logré la atención de Patricia y la animé para que saltara también. Y me vio con algo de rabia y una sonrisa insolente y me di cuenta que se había molestado. Subí empapado y lleno de minúsculas algas regadas por la piel. “Qué lees”, le pregunté, y ella me volteo la pasta y pude ver a una mujer indígena y el título “Soy Rigoberta Menchu y así me nació la conciencia”. Yo si había leído a buenos autores pero nunca me había preocupado mucho por Guatemala, y había oído sobre la señora Menchu pero no le puse toda la importancia como para leer sobre ella. Aquella vez me sentí tan ignorante frente a Patricia que llegué a su casa un día con quince libros que había leído en los que figuraban autores tan excéntricos que ella debió pensar que yo había perdido la razón, como decía mi madre en aquella época febril.

Pero esta historia es sobre Carlos y Denise, que eran amantes, y que luego de unos meses ya no los vimos en su habitual banqueta, y quizás nunca supe lo que paso, pero intuyo que fue obra del mismo amor que los unió. A Denise la vi una noche en la zona 1, en el Café Peñalba, dibujando unos ojos en una servilleta. Vivía sola y parecía disfrutar de su libertad. Ahí entre discos de The Cure y Depeche Mode, me atreví a preguntarle por Carlos y no me respondió a los ojos. De Carlos supe que se había unido y luego separado, y luego que se había unido de nuevo con una chica llamada Velvet que también había conocido en los Scout. Ahora los recuerdo porque el mundo se parece a ellos, un poco de amor un poco de olvido, todo por lo mismo, el paso del tiempo.

LESTER OLIVEROS.

jueves, 12 de marzo de 2009

Zona 5: El Profe y el Chato

Durante la primaria abordé todos los días la misma camioneta 3 a las 6:00 am, tiempos aciagos donde no me permitían dormir. Durante esa cantida de tiempo como que controlás la gente que utiliza el servicio a las mismas horas y de alguna manera sentís que vas más seguro pues hay gente conocida. Una de esas personas era un profesor de matemáticas que según mi papá llevaba varios años dedicándose a eso. Todas esas semanas lo mirábamos con mi hermano menor al menos una o dos veces, siempre se subía en la 34 avenida de la zona 5.
Cambié de escuela, horario de estudio etc y jamás lo volví a ver. De un año para acá, volví a utilizar la misma ruta 3, siempre temprano por la mañana. Me he vuelto a encontrar a este profesor pero el tiempo hizo estragos en él. El pelo más blanco, mucho más blanco, lo reconocí pero el encontrarlo no me causo ningún sentimiento, es aquello que tu vida sigue igual. Total que hace dos semanas subí a la camioneta que me lleva a la zona cinco, sobre la 10ª avenida y 8ª. calle. Ahí me encontré al profesor, con el mimos atuendo de siempre, camisa a cuadros, suéter planchado, pantalón formal. Impecable pero con señales de que en años no se han lavados esas prendas.
Soy el menos indicado para defender gente, siempre juzgo a diestra y siniestra. Sobre todo a los profesores. En fin. Lo reconozco pero me llama la atención ver que en realidad el profe, lo que está haciendo es pidiendo limosna. Se acerca a la gente, extiende su mano y dice “¡Me da un quetzal!”.
No sé, en realidad no fue que me haya sentido mal, simplemente me sorprendió. Que más se necesita para no terminar en la calle, un trabajo honrado, hijos que te cuiden en la vejez, no lo sé lo cierto es que no lo he vuelto a ver. Y solo me generan dudas cuanto te acercás a esa edad.

El chato es otro caso. Desde hace 20 años he tenido la desventaja de tener a mi vecindad una tienda. Es una mierda en realidad. La cantidad de gente que pasa frente a la casa es demasiada, por lo general dejan la basura tirada frente a mi casa entre otras cosas. Lo peor sucede los domingos. Ese día la selección de fut de la Ferrocarrilera compuesta por jugadores del asentamiento de los alrededores después de jugar va a celebrar la victoria, empate o perdida a esta puta tienda. Todos los domingo escuchan su maldita música, hablan de sus putos temas y se ponen a verga. Eso incluye orinar en las paredes de mi casa entro otras cosas, pero que le vamos hacer, así son los chapines a la tortrix.
Uno de todos esos bastardos es el Chato. Con lentes, chaparró, piel morena casi blanca y malo para chupar. Hijo de una tortillera pasa la vida entre el campo de fut, las tortillas de su mamá y de cacha en el trabajo que se le ponga enfrente. Y bueno, a él le iba mejor con las mujeres lo reconozco. Bueno, a cualquiera le ha ido mejor con las mujeres. Total que conoce a esta mujer, tiene un noviazgo etc y deciden vivir juntos. Pasa el tiempo y el chato y sus amigos no regresan a hacerme de la vida una mierda los domingos. A bueno, he de decir que mucho tiempo después, ya de mayor llamé a la policía un par de veces para que esos mierdas fueran a chingar a otro lado. Y mi empresa fue un éxito.

Total que hace unos día me entero que el chato, harto de su vida de casado, arremete contra su esposa y la mata. El chato enviuda por mano propia, mata a su mujer y huye. Una semana después (el domingo pasado) la policía lo va a traer a la casa de su mamá. La familia de la difunta no lo quiere preso... lo quiere en sus manos.

martes, 24 de febrero de 2009

¡Los cuchillos, las tijeras que afilar!


Por si no te has dado cuenta utilizo el patio de mi casa para empezar a escribir. Como lo he dicho antes, es un canal entre la civilización y yo. Como recordarás en mi casa hay un naranjo, un lima y una granada. Son los únicos árboles frutales. Hoy me entretuve viendo a Matilde, la gata de la casa, como jugaba sobre el sillón del patio. Pero en un instante se incorporó y se agazapó, seguí su mirada, buscaba lo que la mantenía alerta. En eso vi como el murciélago daba una ronda más sobre el naranjo y salía en vuelo. Espectacular, fue una película muda. El silencio ese silencio envolvente. Creo a eso le llamaré inspiración.

Fue entonces que recordé, sea por magia, por intuición, o meramente un motivo innecesario para traer a la memoria cuestiones que parecen insignificantes, como cada vendedor de helados, afilador de cuchillos o zapatero ambulante, guardan una única cosa en común. Todos ellos en su voz resguardar y aprisionan a la ciudad, se puede escuchar el eco vacío y ensordecedor de Guatemala, de la zona 5 durante las tardes, aquellas largas tardes de desempleo.

Recuerdo una ocasión que unos ladrones trataron de asaltar a uno de estos sujetos. Creo que fue a un afila cuchillos de a pie, porque los había también en bicicleta. Dicen, porque yo no lo vi, que él tomo un cuchillo que guardaba entre el cincho y con él, marcó el rostro de uno de los ladrones. El otro se asustó y salió corriendo junto al ahora, ladrón marcado por siempre.El tiempo pasa y ellos se extinguen. Incluso hubo aquellos que reparaban ollas de peltre. Ahora , ausentes como son, creo que estos fantasmas de la cotidianidad ya solo habitan en mi cabeza. Pero lo sé, la zona 5 no eran la única con estas cualidades, aunque a veces, solo a veces, así lo parezca.

lunes, 23 de febrero de 2009

Aveces

Solo aveces.... veo estas cosas y pienso en la colectivdad de ahora. Muchas cosas de la cinta original me parecen falsas. No sé porque. Pero así.