miércoles, 26 de agosto de 2009

Las putas rifas

Al final del arcoirís hay un ticket "cambiese por un lugar en el paraíso

No hay adolescencia miserable sin rifas de iglesia. No no, no es de exagerar, en realidad es una miseria lo que se vive al tratar de vender los numeritos. Dejá explicar. Imagináte con 15 años, el año es 1998 y te encontrás frente a la entrada de un supermercado. Dos horas después no has vendido ni dos de los 25 números de la lista que, so pena de muerte, te fueron impuestos. Pero claro, quien iba a invertir Q5 en una rifa de iglesia en esa época, en un certamen en donde era una tostadora el premio más costoso. Hay las iglesias de la zona 5.

No es exagerar, el punto es que la fe nos hace, o hace que nuestros padres, tomen decisiones que al final nos afectan la vida. “Eso te forja el carácter” claro, que mejor manera que tener al hijo en la entrada de un comercial vendiendo números mientras podría estar en cualquier otro lado del mundo disfrutando los pocos días de libertinaje que le quedan antes de entrar a la universidad y la vida laboral, de la que no saldrá hasta el resto de sus días.

¿Qué pasa cuando no podemos vender todos los números? El chantaje emocional no tenía precedentes, era como si al tomar la lista y no venderla, era equiparable a escupirle el rostro a la virgen, levantarle la túnica y revisar si en realidad usa o no calzón. No tenía nombre, así de simple.

Recuerdo una vez, pero estaba más pequeño, quizá 1994, en la Iglesia habían hecho otra de las rifas, Yonatan había decidido gabetear lo de su rifa, vendió los diez números de Q2 y entregó la lista sin el dinero. La humillación no tuvo precedentes. Jonatan lloraba, la voz de doña Ana María retumbaba en los oídos de aquél, la señora se aseguró que nunca olvidase que era un ladrón y que le había robado al mismísimo Dios, pues el dinero era para su obra. Jonatan no regresó nunca a la iglesia.

Nosotros (mis hermanos y yo) por el contrario pensamos “eso a mi no me va pasar” vendimos la lista, nunca robamos un centavo. Yo lo que cuestiono no es el robar, cuestiono el asunto de la fe. Si nosotros no decidimos gabetear no era por cuestiones de fe, era por cuestiones de autoestima.
Nadie quería que lo humillaran públicamente, Yonatan fue el chivo expiatorio, que la catolicidad siempre busca para enseñar. Entonces, al final, es más posible que la obra estuviese desvirtuándose, del “voy a vender la puta lista de la iglesia por que alguien me dijo que debía hacer y por alguna extraña razón, a la que llamamos fe lo hago” al “vendo esta puta lista porque no quiero que me humillen pues al final con esa doña no hay que meterse y hay que hacer lo que dice, simplemente porque si”.

Es grato pensar que la adolescencia más dura (dentro de la normalidad de los suburbios de una ciudad de tercer mundo, clase mediera, religiosa y poco violenta) del país es la propia, y sobretodo, la de la zona 5. Pero no nos engañemos, al final todos pasamos por ese tipo de cosas, si no son las rifas de la iglesia, son las del colegio y si no las de la colonia... y todas coinciden con lo mismo... son impuestas, y es una verdadera mierda venderla.
El colmo llegó al punto de que al trabajo te llega la lista, te persigue. Me enteré, no sé si es cierto, pero tengo entendido que en empresas, de esas que ayudan a niños con cáncer con rifas, obligan a todo su cuerpo de trabajadores (imaginen la cantidad de gente) a vender los talonarios y esto es a la fuerza pues si no lo hacen, los trabajadores deben pagar los numeritos.
Sea como sea es a la fuerza, vemos por las calles niños, jóvenes y adolescentes vendiendo números la pregunta es, cuántos de esos niños lo hacen con voluntad propia, y mejor aún ¿De qué me sirbe a mi haber perdido el tiempo vendiéndolas?


domingo, 9 de agosto de 2009

Feria en la Monja Blanca

Una nota amenazante y extorsiva sobresale entre mi puerta. La tomo, tiene el logo de la Municipalidad. "Señor vecino, el día nueve de agosto del dos mil nueve, se realizará la feria de barrio para traer alegría a usted y a su familia. Le rogamos que mueva su vehículo del frente de su casa o de su negocio, porque se instalarán toldos, negocios bla bla bla." Traduciendo: he decidido desde mi posición magnánima de alcaldeza auxiliar, doña Aydé de Pérez hacerlo feliz. Porque usted como vecino de la zona cinco, donde reino, se lo merece. Así que como a usted lo que le hace feliz es el olor a churrasco frente a su casa, le instalaré un puesto de carne de perro. Por eso, o me quita el carro a las seis de la mañana o se lo chamusco con la carne."
Son las seis treinta. Hace media hora quité el auto. No hay tal feria.
Una burbuja enorme empieza a inflarse. Es una ampolla que nace en la dulce superficie de mi hígado.
Mientras, posteo.
Saludos vecinos.

lunes, 22 de junio de 2009

LA MARA FIVE.....

Hace poco conocí a Prado en el gimnasio Zar Doz, por su puesto de la ZONA 5 y ahí pudimos constatar que yo era ese TATO, del que alguna vez se habla en estas historias tan amenas, de esa manera aquel me hizo la invitación para escribir algo aqui en este espacio, lo que me pareció una buena idea, de tal manera decidí visitar nuevamente el sitio y encontrarme con una historia ya conocida y con la observación que el blog no es "mara Cinco" como yo creía, sino que "mara five" al leer esto viene a mi mente los inicios de la popular, famosa y temida - MARA FIVE -

Le comenté a Prado sobre estos recuerdos y le decia que no muy comparto la idea de que esto se le llame Mara Five tambien, tomando en cuenta que muchos vecinos de la zona 5, no siempre apoyaron a la mara, incluso en aquellos años (principios de los 80's) habian algunos jovenes sobre sus primeros 20 años de vida, que ahora tendran hijos adolescentes, que siempre han sido vecinos de la zona 5, pero nunca se consideraron de la MARA FIVE.

De lo poco que puedo recordar, en esos gloriosos años comenzaron los famosos "toques" en la zona 5 todos los domingos alla en la CABAÑA, 39 Ave. entre 22 y 23 calle, con Machine y alla en el SALON PARROQUIAL de la Iglesia Santa Ana, con Music Disco de Chiqui, así pasaban los domingos, reuniendonse todos en esos lugares para bailar y ver a los que mejor lo hacian, en los buenazos retos que se daban, del disco y del break.

Chiqui de la Music Disco, se aventuró a salir de las fronteras de la zona 5 y se llevó los toques alla al Salón Tívoli de la zona 1 y al rato, Tono Machine se llevo su discoteca al salón de la policía de la zona 6 y con esto, los otros jovenes rebeldes de las zonas invadidas sintieron la presión y la amenaza de un grupo ajeno al de ellos y se iniciaron las primeras "broncas" entre maras, pero se necesitó la voz de un lider para unificar a todas "las maritas de la zona 5" ya que aqui estaban divididos en los de La Palmita, de La Chácara, Santa Ana, los del Hoyo, del Edén y otros mas, que no los tengo muy claro ahora, pero al salir de la zona 5 todos con una misma bandera "MARA FIVE" fueron a marcar territorio fuera de estas fronteras.

Al hablar de MARA FIVE, llegan a la mente nombres (apodos mejor dicho) que hicieron el inicio de la historia, algunos de ellos son: nabo, pachuli, calaca, mango, gorila, bam bam, tomate, teban, mudo, muerto, negro, moustro, moroco y muchos muchos mas, que no podria recordarlos.

En fin, todos los que leemos estas lineas somos vecinos de esta famosa zona, pero a mi criterio se que hay tanta gente que nacio justo en el seno de la zona de la ciudad olimpica y nunca pertenecieron y ni les intereso pertenecer a la mara five, con mucho orgullo dicen de que zona son, pero eso no los clasifica automaticamente miembros de esa MARA.

Espero no herir suceptibilidades y ofender a nadie, solo necesitaba hacer esta aclaración, antes de aceptar de lleno la invitación para participar aqui en este blog y compartir con todos, la historias de la zona 5, que en mi caso ya son casi 40 años de biblioteca para tomar algo y sacarlo al publico

miércoles, 10 de junio de 2009

Adán vive en la zona 5


Fui a dejar a Doña Mary a su casa. Era un lunes por la tarde y hacía calor. En la treinta y cinco avenida de la zona cinco, cerca de la veinte calle, de entre los talleres de mecánica llenos de grasa, evadiendo también al zapatero que luchaba contra el pegamento y su olor penetrante, salió un hombre desnudo. Era un tipo viejo, blanco, delgado, con barba. Doña Mary en vez de asombrarse lo vio y me dijo: ese señor siempre anda desnudo porque está loco. Anda diciendo que es un ángel y que Dios le llevó consigo y por eso ya no usa ropa. La gente lo veía como si nada. Y él caminaba hacia el sector más transitado. Doña Mary se bajó del carro y entró a su casa, mientras el tipo desnudo pasaba entre el auto y su puerta, ambos sin verse ni un instante. Me fui de allí cuando Doña Mary cerró su puerta.

Días más tarde, me encontré a Doña Mary y le pregunté por el tipo desnudo. Ella me contó que habían llamado a la policía, como las otras veces, y que había llegado una patrulla. Los policías le pusieron una camisa y un pantalón. La camisa, se la amarron al cuerpo con unos lazos. El pantalón se lo pusieron al revés para que no pudiera quitárselo. Pero el tipo al rato, andaba otra vez desnudo. Entró la noche y siguió así. Hasta que lo apedrearon. Se supone que fue alguien asustado por encontrárselo en medio de la oscuridad. O simplemente fueron ganas de joder. Lo cierto es, que en este edén de calles con casas pintadas de colores pastel, al borde del barranco donde nace el primer gran asentamiento de la ciudad, un tipo cree que ese es su paraíso. Donde se pasea desnudo, a los ojos de su Dios.

sábado, 23 de mayo de 2009

CARLOS Y DENISE

En algún lugar dentro de esta fotografía se encuentra la laguna mencionada en el relato. Notese las bodegas de Cemaco y el colegio austriaco. Suponemos que la laguna, si existe aún esta en el area verde detrás de el colegió en dirección nor noreste. sin llegar al bulevard que llega a Lourde.

Mi mamá que vivió también su historia de amor, se reía cuando los miraba besándose tan temprano sentados en la misma banqueta allá en la zona 5. Era una verdadera historia de amor. Denise tenía el pelo castaño y su rostro era el de una estudiante universitaria con unos enormes lentes que la hacían parecer muy inteligente, o al menos esa fue mi impresión. Era de baja estatura y un cuerpo fino, y parecía ser de buena familia. Vivía en una colonia de clase media en una casa alta de tres niveles a medio construir. Carlos tenía una estatura mediana, moreno, distinguido, con una buena dosis de románico, cantaba con guitarra canciones de amor y desde que vio a Denise se enamoro de ella.
Era el inconfundible amor a first sigth. Este amor los volvió locos, tanto que se olvidaron de sus diferencias, en tanto el padre de Denise se encargaba de recordárselos cada vez que los veía juntos. Por eso los mirábamos tan temprano besándose como si fuera de noche en una calle en plena mañana, cada uno con su uniforme del colegio. Ella se escapaba como podía y el buscaba el tiempo para verla. Nunca les pregunte siquiera el porque de una cita tan madrugadora. En aquel tiempo estaba preocupado por terminar de leer a Nietzche y a Hesse como si fueran un purgante necesario para acabar con mis íntimos rescoldos románticos y religiosos. A Carlos lo recuerdo bien porque además de habernos conocido en los Scout, nos veíamos en ocasiones en la casa de Denise: yo llegaba acompañando a Francisco Soto, o acompañándonos mutuamente por ver a Patricia, una musa sin glamour que se colgaba de árboles y saltaba de acantilados y se arriesgaba en los juegos del bosque con una valentía de amazona; pero además fue la mujer que me inicio en el gusto de la lectura guatemalteca.
Lo recuerdo bien. Fue esa ocasión en la que Carlos invito a Denise a La Laguna Verde, pero debía ir también Patricia para que no inculparan a Denise de haberse fugado con él, que ya en esa época era tan mal visto por el padre que sólo podían verse en la puerta de su casa. Carlos debió saber de mi amor inconfesado por Patricia y me invitó también.

Así que nos fuimos por el camino habitual que tomábamos con los Scout, bajamos la Cuesta del León y subimos hacia el colegio Austriaco y volteamos como yendo a San Isidro, bajamos al río. Siempre que bajábamos al río sabíamos que nos íbamos a mojar los pies, lo sabíamos y por eso llevábamos zapatos viejos y saltábamos de piedra en piedra sorteando el agua clara que viajaba sin prisa entre las rocas y troncos caídos y viejos, y los paredones húmedos vestidos de musgos y ramales hacían del lugar un pequeño paraíso boscoso. Yo era muy callado y Patricia también, aunque cuando sonreía parecía tan maravillosa que yo nunca me atrevía a darle un beso o decirle que me gustaba. Llevaba siempre el cabello recogido con una trenza, y parecía muy ágil saltando rocas en el río. Denise era más femenina, frágil y romántica. Patricia en cambio nunca hablaba de chicos ni de amor, y tenia muy bien guardada una pasión por los libros que me cambio la forma de ver a las mujeres. Aquella mañana Denise y Carlos, recuerdo que hablaban de sus asuntos y yo debí comentar con Patricia sobre el bosque, las clases y los compañeros Scout. Recuerdo que pasamos un oscuro pasaje que era como un túnel, y recordé siempre el temor fascinador de la primera vez, que era como un deseo, o una sensación de internarse en otro mundo, o de resurgir en un mundo muy distinto, como en un sueño cuando uno ve al fondo una luz muy pequeña que a cada paso va creciendo hasta entregarnos la clara luz refulgente del otro lado. Así fue esta vez, Patricia pasaba frente a mí y yo sentía la presión del agua contra mis piernas y el temor que el río se creciera de repente. A medio camino, la oscuridad era tan presente y el ruido del agua atronador que realmente parecía que uno estaba caminando por un sitio peligroso, por donde la única luz eran unos respiraderos muy pequeños donde la claridad se ahogaba. Al fondo apareció la sagrada luz, y el rumor se fue espaciando con forme llegábamos a la boca del pasaje, y el terreno por el que caminábamos perdía irregularidades. Subimos una lomita y vimos la laguna. Era verde esmeralda y estaba rodeada por paredones montañosos y pinos que la envolvían en un verde profundo como en un sueño lucido. Hicimos un pequeño campamento, y Carlos bajó con Denise a revisar el fondo para los saltos venerables que siempre emprendíamos desde una base de concreto que debió ser en algún tiempo un intento fallido de alguien por construir un tipo de presa o dique para sanear la laguna. En realidad la laguna era un estanque cubierto de un alga que no habíamos visto en ningún otro lado, eran como pequeñas escamas verdes que al reproducirse lograban el encanto de cubrir toda la superficie de una alfombra vegetal. Patricia me dijo “has leído algo de Rigoberta Menchu”, sólo sé un par de chistes le dije, sin darme cuenta de mi error. Sacó un libro y empezó a leer sentada en el borde de unas gradas sepultadas entre la tierra. Yo me dediqué a observar la naturaleza, el cielo, esos sonidos escondidos entre los árboles y vi un par de ardillas saltando de rama en rama, y a unos pajarillos hermanándose bajo el sol.

Carlos y Denise habían desaparecido. Y yo no tenía nada de que hablar con Patricia. Ella estaba tan concentrada en su lectura que resolví tirarme desde el dique. Salté, al cabo de muchos intentos fallidos, temía realmente el instante de saltar y estar a merced de la gravedad violenta. Pero al lanzarme logré la atención de Patricia y la animé para que saltara también. Y me vio con algo de rabia y una sonrisa insolente y me di cuenta que se había molestado. Subí empapado y lleno de minúsculas algas regadas por la piel. “Qué lees”, le pregunté, y ella me volteo la pasta y pude ver a una mujer indígena y el título “Soy Rigoberta Menchu y así me nació la conciencia”. Yo si había leído a buenos autores pero nunca me había preocupado mucho por Guatemala, y había oído sobre la señora Menchu pero no le puse toda la importancia como para leer sobre ella. Aquella vez me sentí tan ignorante frente a Patricia que llegué a su casa un día con quince libros que había leído en los que figuraban autores tan excéntricos que ella debió pensar que yo había perdido la razón, como decía mi madre en aquella época febril.

Pero esta historia es sobre Carlos y Denise, que eran amantes, y que luego de unos meses ya no los vimos en su habitual banqueta, y quizás nunca supe lo que paso, pero intuyo que fue obra del mismo amor que los unió. A Denise la vi una noche en la zona 1, en el Café Peñalba, dibujando unos ojos en una servilleta. Vivía sola y parecía disfrutar de su libertad. Ahí entre discos de The Cure y Depeche Mode, me atreví a preguntarle por Carlos y no me respondió a los ojos. De Carlos supe que se había unido y luego separado, y luego que se había unido de nuevo con una chica llamada Velvet que también había conocido en los Scout. Ahora los recuerdo porque el mundo se parece a ellos, un poco de amor un poco de olvido, todo por lo mismo, el paso del tiempo.

LESTER OLIVEROS.

miércoles, 29 de abril de 2009

Caminando buscando un camino


Imaginarme como un forastero en las calles de la zona cinco siempre fue fácil. En los Arcos, La Monja blanca, La Ferrocarrilera, Los dos Jardines... antes cuando no asaltaban tanto. Igual de fácil como sentirse propio o ajeno, todo dependía de con quien se está caminando, con quien se anda. Verme como forastero me ha resultado fácil porque de momentos es ausente el sentimiento de pertenencia. Pero hay ciertas partes en las que no, como caminar en el bulevar y pensar que aparte del cementerio, es lo más cerco a un parque que tiene esos suburbios.

La luz en el bulevar es distinta, sobre todo los domingos. Y es que caminar por ahí, buscando un camino que seguir y que por momentos pareciera nunca llegar, son instantes en el tiempo que por muy importantes que sean, son fáciles de olvidar. Así de fácil como toparse con el forajido de turno y saludarlo para que este no te asalte. No es un secreto, en la zona cinco vivimos muchos ladrones: de objetos, historias o recuerdos, pero entre los violentos se puede uno topar con algunos que son corteses, si los saludos, no te hacen nada.

Caminar por ahí me hace recordar las cagadas de la infancia que ahora son chistosas pero antes nos carcomían las entrañas, supongo que lo mismo sucederá en el futuro. Que cuando llegue a viejo, me dará risa lo que ahora me complica la existencia. Lo cierto es que siempre me sentiré perdido en la zona cinco. Es mi laberinto, mi confort, mi ratonera, mi jaula, mi todo. Seguiré buscando mi camino. Los amores perdidos, encontrados y vueltos a perder, reencontrar rostros y amistades siempre será fácil acá.

La melancolía domina las cuadras a cualquier hora. Habita en los resquicios de las casa, en las puertas de las iglesias. Se arrastra lentamente en el Novicentro, en súper24 incluso, en las fronteras... pues hasta en el campo Marte se sentía. Pero antes, cuando no estaba cercado, cuando la tribuna era testigo del tiempo y era un campo sin luz. Recuerdo que fue ahí lo más lejos que llegué caminando la primera vez que decidí huir de casa. Fui un cobarde, regrese tres horas después, pero claro, mi único destino era ser un niño de la calle.

jueves, 26 de marzo de 2009

requiem por los choferes

Mi abuelo pasa sentado en el umbral de la puerta de su casa, bajo un árbol, la mayor parte del día. Tiene casi ochenta años. Un tipo rudo y exacto, mi abuelo. Me enseñó a ser diplomático. Uno debe ser pobre pero honrado, dice. Y sí, mi abuelo es pobre y también honrado. O lo parece. Las mujeres fueron el problema de mi abuelo. Tenía muchas y a menudo olvidaba sus nombres.
En su habitación tiene guardado un álbum con las fotos de sus amantes. Una de ellas era brasileña. Era una señora de tetas grandes y caídas, con mucho maquillaje. Mi abuelo me enseñaba las fotos y se reía mostrándome su placa dental. En una de las paredes de su cuarto, cuelgan tres fotos: la primera es de mi abuelo con su madre, donde él se ve como una réplica de Sartre y ella como simpatizante del Führer; en otra, sus cinco hijas, entre ellas mi madre; y en la última, un gigantesco autobús Ford, modelo cuarenta y nueve.
Era el bus que manejaba mi abuelo, desde la entonces remota Villa Canales hasta Guatemala ciudad de 1949 a 1954. Mi abuelo fue chofer de camioneta, sí. Luego, tuvo infinidad de trabajos hasta que llegó a ser Inspector General de transportes en la Municipalidad. Mi abuelo el diplomático.
Cuando yo era niño, es decir, cuando tenía unos diez años, mi madre no tuvo más remedio que enviarme a la escuela sólo en el transporte público. Tenía que irme en una de esas van Ford, las cuales adaptaban para el servicio. Le instalaban bancas de madera y las pintaban de blanco y morado. Eran las Apmingua. Entrabas agachado porque el espacio dentro era reducido. Yo siempre iba cerca de la puerta trasera. Junto a mí, todos los días se sentaba una señora con el pelo largo y negro cundido de diminutas liendres blancas. Yo hacía todo lo posible por no verla.
Cuando llegabas a cada parada, un tipo que asistía al chofer corría a abrir la puerta de atrás y la gente salía de un brinco. Yo tomaba la ruta que iba hacia la Terminal de autobuses, me bajaba como a un kilómetro de la escuela y luego empezaba el largo ascenso por la montaña en cuya cima estaba situado el colegio salesiano donde asistía.
Pasaba sitios pobres llenos de ladrones. La primera vez que me asaltaron fue allí. Tenía doce años. Pero bueno, la cosa es que conocía a casi todos los pilotos de esos microbuses. Canche me decían, porque para ellos yo era rubio. Podía ir tranquilo con ellos. Recuerdo especialmente uno, que era  amable. Me avisaba cuando ya me tenía que bajar. Si veía que venía por el camino, se detenía a esperarme para abordar el bus. Los otros no lo hacían, simplemente se iban.
Unos años después terminaron por expulsarme de aquella escuela en la montaña. Se hartaron de mí los curas, cuya vocación son los jóvenes con problemas. Yo debía ser uno demasiado grueso para sus católicas eminencias. Así que mi madre me inscribió en un lugar cerca de su oficina. Para controlarme, obviamente. Y tuve que abordar otros buses, ya no aquellos donde me conocían.
Un alcalde nuevo tomó posesión y decidió cerrar todas las rutas de microbuses. Adiós viejas van Ford, con bancas de madera. En su lugar envió autobuses mucho más grandes y cómodos. Y a los pilotos de los viejos microbuses, simplemente los mandaron al carajo.
Empezaron las protestas. Un día yo venía del supermercado, caminando por el boulevard. A lo lejos vi que la policía amedrentaba a los pilotos inconformes. También pude ver cómo subían a la parte trasera de una patrulla a un par de inconformes. Con golpes por supuesto.
Ya cuando estaba cerca, pude ver quienes eran. A uno no lo había visto antes y al otro, pues bueno, era aquél tipo amable que me esperaba. Tenía las manos contra su espalda, unidas por las esposas. Me vio y me reconoció y hasta hoy no he podido olvidar aquella mirada de tristeza. Lo estaba perdiendo todo aquel día y encima se iba preso. Y con una golpiza de postre, por supuesto. La patrulla arrancó con la sirena abierta y yo me quedé viéndolo sin decir nada.
No supe nada de él en años, hasta que lo encontré hace unos cinco, tirado en una acera fuera de un bar. Ahora es un indigente. Un charamila. Vaya, habrá que agradecérselo a la suerte.
En fin. Hoy, en Guatemala City parece que asesinar a los pilotos de autobús es el deporte favorito de los sicarios. Los matan a diario, en todas partes. Mi abuelo me lo cuenta aturdido cada vez que lo saludo, afuera de su casa.
Yo vengo del linaje de un chofer de bus. Así que pienso en las familias de esos pilotos. En los hijos huérfanos, en los hijos que no nacerán, en los nietos que no escribirán en blogs, textos que no salvarán a nadie. Y también en aquél tipo en la parte de atrás de una patrulla, hace diez años, cuando mi abuelo tenía sus últimas amantes.

lunes, 16 de marzo de 2009

La Puerta Roja

(Esta no es La Puerta Roja)

Mi madre le daba comida al Bacho, cada vez que éste llegaba muy borracho pidiendo una moneda. Era típico, era un borracho sin un centavo, sucio de banquetas y con los pómulos reventados, moreno, melancólico y mañoso. De vez en cuando, le hacía el favor a mi madre de irle a tirar la basura, otras veces, la dejaba tirada en la esquina. Muchos borrachos de la zona cinco se juntaba en La Puerta Roja, una cantina multitudinaria a donde llegaban borrachos de todas las colonias, hasta de Jardines, pues las conversaciones eran sobre dolores renales, medicinas naturales para curar la cirrosis, sopas especiales para la cruda, licores clandestinos, fechas de difuntos ilustres, amigos en común y las nostalgias de los años en una vida de parrandas humildes y visiones excesivas. A mi me gustaba llegar a comprar a esa tienda porque los bolos eran buenos y siempre andaban regalando su pisto a los patojos. Me contaron que una tarde llegó un bolito como el Bacho y se veía muy mal, estaba pálido y sin un len; a su lado estaba un finquero muy conocido por sus bromas y al ver al bolito le ofreció, no un trago, sino siete, advirtiéndole que si no se tomaba los siete de un solo, los tenía que pagar el mismo, pero si se los tomaba todo serían a cuenta de el. El bolito aceptó y se echó el primero, el segundo, y así hasta llegar al séptimo, se le vio feliz de haberle ganado el reto al orgulloso finquero. El finquero le dio la mano y dándole un abrazo estaba, cuando el bolito no se contuvo y con un sonido gutural devolvió los tragos con un vomito sangriento que le dejo manchado el pecho al finquero, que oyó el ultimo suspiro del bolito en el oído. Esta historia era comentada mucho después de todo, y los bolitos ya no aceptaban retos de ninguno, tomaban en pachitas el alcohol puro para sanar heridas, porque las heridas de ellos eran muy profundas y no habrían cicatrizado ni con todo el tiempo del mundo.

Todavía cuando llego a la zona cinco veo al Bacho, ese borracho inmortal que se terminará bebiendo todo el ron de La Puerta Roja.

Guatemala 13/03/09

Lester Oliveros Ramírez

jueves, 12 de marzo de 2009

Zona 5: El Profe y el Chato

Durante la primaria abordé todos los días la misma camioneta 3 a las 6:00 am, tiempos aciagos donde no me permitían dormir. Durante esa cantida de tiempo como que controlás la gente que utiliza el servicio a las mismas horas y de alguna manera sentís que vas más seguro pues hay gente conocida. Una de esas personas era un profesor de matemáticas que según mi papá llevaba varios años dedicándose a eso. Todas esas semanas lo mirábamos con mi hermano menor al menos una o dos veces, siempre se subía en la 34 avenida de la zona 5.
Cambié de escuela, horario de estudio etc y jamás lo volví a ver. De un año para acá, volví a utilizar la misma ruta 3, siempre temprano por la mañana. Me he vuelto a encontrar a este profesor pero el tiempo hizo estragos en él. El pelo más blanco, mucho más blanco, lo reconocí pero el encontrarlo no me causo ningún sentimiento, es aquello que tu vida sigue igual. Total que hace dos semanas subí a la camioneta que me lleva a la zona cinco, sobre la 10ª avenida y 8ª. calle. Ahí me encontré al profesor, con el mimos atuendo de siempre, camisa a cuadros, suéter planchado, pantalón formal. Impecable pero con señales de que en años no se han lavados esas prendas.
Soy el menos indicado para defender gente, siempre juzgo a diestra y siniestra. Sobre todo a los profesores. En fin. Lo reconozco pero me llama la atención ver que en realidad el profe, lo que está haciendo es pidiendo limosna. Se acerca a la gente, extiende su mano y dice “¡Me da un quetzal!”.
No sé, en realidad no fue que me haya sentido mal, simplemente me sorprendió. Que más se necesita para no terminar en la calle, un trabajo honrado, hijos que te cuiden en la vejez, no lo sé lo cierto es que no lo he vuelto a ver. Y solo me generan dudas cuanto te acercás a esa edad.

El chato es otro caso. Desde hace 20 años he tenido la desventaja de tener a mi vecindad una tienda. Es una mierda en realidad. La cantidad de gente que pasa frente a la casa es demasiada, por lo general dejan la basura tirada frente a mi casa entre otras cosas. Lo peor sucede los domingos. Ese día la selección de fut de la Ferrocarrilera compuesta por jugadores del asentamiento de los alrededores después de jugar va a celebrar la victoria, empate o perdida a esta puta tienda. Todos los domingo escuchan su maldita música, hablan de sus putos temas y se ponen a verga. Eso incluye orinar en las paredes de mi casa entro otras cosas, pero que le vamos hacer, así son los chapines a la tortrix.
Uno de todos esos bastardos es el Chato. Con lentes, chaparró, piel morena casi blanca y malo para chupar. Hijo de una tortillera pasa la vida entre el campo de fut, las tortillas de su mamá y de cacha en el trabajo que se le ponga enfrente. Y bueno, a él le iba mejor con las mujeres lo reconozco. Bueno, a cualquiera le ha ido mejor con las mujeres. Total que conoce a esta mujer, tiene un noviazgo etc y deciden vivir juntos. Pasa el tiempo y el chato y sus amigos no regresan a hacerme de la vida una mierda los domingos. A bueno, he de decir que mucho tiempo después, ya de mayor llamé a la policía un par de veces para que esos mierdas fueran a chingar a otro lado. Y mi empresa fue un éxito.

Total que hace unos día me entero que el chato, harto de su vida de casado, arremete contra su esposa y la mata. El chato enviuda por mano propia, mata a su mujer y huye. Una semana después (el domingo pasado) la policía lo va a traer a la casa de su mamá. La familia de la difunta no lo quiere preso... lo quiere en sus manos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Botella, papel o ropa

Así gritaban las señoras cuando pasaban frente a mi casa. Yo, con seis o siete años, ya podía imitarles a la perfección. Es exactamente el mismo tono del "Oh dulce Jesús mío, perdón, perdón" de los entierros que no quiero que canten en el mío. Los afiladores: los cuchillos, las tijeras qué afilar. Los zapateros: se arreglan zapatoooos. El gas, la leche, el pan, qué se yo. Supongo que la zona cinco es de privilegiados porque acá antes de Dominos y sus treinta minutos o gratis, ya había reparto a domicilio de todo tipo de producto de primera necesidad. Pero entre todos estos, queridísimo Arana, el que más me prende la nostalgia es !el que reparaba paraguas! Joder, habrán sido los paraguas tan caros como para reparar uno. Los chinos deben haber quebrado al señor. Ahora, aún con todo y crisis, un paraguas te vale veinte quetzales en la calle, ¿cuánto podrían haber cobrado por reparar un paraguas? Otro oficio extinguido.
Suponé que escribir también se extinga un día y que haya una máquina para soñar.
Yo no me preocuparé.
Escribir no me da de comer.
Pero la primera vez que mire esa maldita máquina, la voy a destrozar.

(a veces, oigo el tristísimo silbido del tren. la última vez fue como en octubre. será verdad ¿o mi bipolar mente me traiciona?)